sábado, 4 de junio de 2011

Vergüenza


Lo que aparece en la vergüenza
es la imposibilidad radical de fugarse
para esconderse de sí mismo.
La vergüenza no revela nuestra nada,
sino la totalidad de nuestra existencia.  
E. Lévinas

Todos somos creadores de nuestra novela familiar. Herederos de los amores, horrores y sinsabores de nuestros ancestros, nos insertamos en la narrativa de las generaciones asumiendo un papel definido por el deseo o     no-deseo de nuestros padres, el lugar ocupado en la genealogía, el contexto histórico y la trayectoria social de la familia.
Héroes, doncellas, cínicos, villanos, rameras, prósperos, sabios, santos… jugamos un papel para cubrir fallas en nuestra dinastía, habitada por los fantasmas de los antepasados. Una buena parte de nuestra vida, se ofrenda a cubrir, sufrir o redimir las huellas vergonzantes en nuestro árbol. La vergüenza, por tanto, nos ubica frente a los otros, vivimos para ocultarla, vivimos para portarla, vivimos para reproducirla, y en el mejor de los casos, como dice Vincent de Gaulejac, la afrontamos para comprenderla y escucharla en los otros, “la vergüenza es perturbadora, causa malestar y uno prefiere evitarla. El silencio que la acompaña no es sólo producto de la dificultad de hablar de ella, sino que depende  también de la resistencia a recibirla”.
Cada generación pide a la siguiente que realice sus aspiraciones sin por ello garantizarle las condiciones necesarias para lograrlo.
         Nos avergonzamos y avergonzamos, binomio inseparable, pues sólo quien carga con el peso de la vergüenza se siente impulsado a avergonzar a los otros. En tiempos de individualismo y fascinación por el rendimiento y la excelencia, crece la tensión entre las imágenes ideales y  la realidad que se vive. Esta tirantez es fuente constante de frustración y en última instancia de vergüenza, mientras más elevado ha sido el ideal, más brutal es la caída. En un intento de sobrevivencia psíquica, el postrado invierte su último recurso, culpar a otro de su desventura, lanzándose en su búsqueda para agredirlo o humillarlo. Posiblemente esto sea la causa de que haya más críticos que creadores.
En ocasiones no nos despojamos de nuestra vergüenza por que ésta esconde una vergüenza que no es de nosotros. Explorar y analizar nuestra vergüenza es deconstruir el discurso familiar para encontrar los tumores vergonzosos, los cuales se han encapsulado para evitar su metástasis, sin embargo, la envoltura conlleva imposibilidad de cura.
La vergüenza tiene diversas variantes, algunas de ellas son expuestas por Gaulejac. La vergüenza corporal, la cual denota las fallas en la imagen corporal. La sexual, es el pudor, el malestar de ser descubierto en la intimidad, la impotencia o las insatisfacciones. La vergüenza psíquica, se expresa en el sentimiento de no ser digno de ser amado. La moral, es ser descubierto en actos indignos o deshonestos. La vergüenza social, se asocia a la estigmatización a causa de una identidad, es la degradación de sí mismo a través de la mirada del otro. La vergüenza ontológica, es ser espectador, autor o víctima de violencias extremas o transgresiones insoportables, es ser expuesto a lo inhumano.
Para el citado autor, la vergüenza es un meta-sentimiento, es una cadena asociativa de elementos dispares, reales y fantaseados, que se relacionan unos con otros, atando nudos de angustia, deseos y afectos. Se puede originar por causas múltiples, pero las principales son: la ilegitimidad, la caída de los padres, la inferioridad, la violencia, las heridas narcisistas, la degradación privada o pública, lo no dicho y la inhibición. La vergüenza es el eterno retorno de lo mismo, es el pasado actualizándose en cada instante, frente a cada persona y cada situación. Si bien se vive como un suceso, se ha ido hilvanando a través de un proceso, el cual intentaré dilucidar a continuación.
Todo homo sapiens nace indiferenciado, se va humanizando a través del contacto con otros, el primer tiempo de separación y organización psíquica, es denominado por Lacan como Estadio del Espejo, momento en el cual el bebé se reconoce como unidad frente al espejo o en la mirada de la madre. Así inicia la conciencia de sí mismo y junto con ella el placer narcisista, pero toda presencia crea posibilidad de ausencia, por tanto, también emanan el miedo a perderse, la ansiedad de separación y a confrontarse con el otro. La confianza y la aprobación del ser del bebé por parte de quien cumple la función materna definen su imagen de sí mismo, el amor propio, la relación con el otro y la capacidad de amar. Asimismo, este estadio puede ser la fuente del menosprecio a si mismo, el nacimiento de la vergüenza.
Cuando un ser humano percibe que puede controlar partes de su cuerpo, particularmente los esfínteres uretrales y anales, ingresa a otro periodo de la vida, la cual suele coincidir con la aparición del lenguaje. Dicha combinación pone las condiciones para la asociación entre el cuerpo y sus funciones con las palabras. Empieza la adjetivación del cuerpo, pero también comienza el desarrollo de la capacidad de autocuidado. El trayecto por esta fase define la vinculación de la imagen, las habilidades, las secreciones, las excreciones y los olores del cuerpo con el lenguaje. Cobrarán sentido lo limpio y lo sucio, lo apestoso, lo agradable y lo desagradable. Inicia el alineamiento entre la vergüenza y la repugnancia.
La fase edípica insertará al sujeto en la cadena genealógica, cuando una niña o un niño descubren la diferencia anatómica, ingresan a la comprensión de los árboles familiares, entendiendo primeramente los conceptos de papá y mamá, para después asimilar las posiciones de hijo, hermano, abuelo, tío primo, en fin, todos los lazos familiares. En esta etapa el padre se ubica como terceridad, como ley que separa al niño de su objeto de deseo, es la encrucijada que define si ese humano se quedará atrapado en la esfera maternal o buscará ganar un lugar en el mundo a través de su inserción simbólica. Por este motivo, las fallas en la función paterna son la principal causa de la vergüenza. Gaulejac lo explica magistralmente: “La vergüenza se instala cuando la mirada o la palabra de los otros encuentra eco en el sujeto que no sabe como oponerse a ella. Al no poder enfrentarla, queda estupefacto, como si no contara con recursos para protegerse. Se da este caso cuando no ha podido apoyarse en sus padres para afirmar su autonomía. El rol del Superyo como instancia que determina los límites es pues capital. La falla paterna no permite al niño internalizar los elementos superyoicos que van a ayudarlo a estructurarse. Si no puede protegerse desde su interior, será mucho más vulnerable al juicio del otro, sobre todo cuando éste ataque la imagen corporal”. De ahí que en grupos culturales con una representación minimizada o pervertida del padre, como es el caso de México, predomine la vergüenza sobre la culpa. Frecuentemente somos testigos de narcotraficantes cuya mayor preocupación al momento de ser capturados es su imagen, en ellos la culpa está ausente, lo que los mueve es huir de la vergüenza. El éxito para la marca Ralph Lauren con la venta del modelo de playera con la que apareció Edgar Valdéz “La Barbie” cuando lo atraparon, se sustentó en el deseo de los compradores por poseer el cinismo del delincuente, su falta de vergüenza.
En este periodo es cuando la megalomanía infantil se quiebra ante la burla de los adultos que hacen vivir la experiencia del ridículo. A la bufa le sigue el silencio en el niño, para cubrir su vergüenza, suscitando un profundo sentimiento de inferioridad.
La latencia, coincide casi siempre con el arranque de la educación básica, es el periodo donde se establece un corte cada vez más tajante entre lo consciente y lo inconsciente. En esta fase el niño comprende que la sociedad se ha organizado en grupos, castas, culturas, en fin, que la humanidad no es un todo unificado y que algunos atributos son más valorados que otros. Este esclarecimiento conlleva una experiencia perturbadora, el desmoronamiento de la imagen idealizada de los padres, cae el velo familiar para mostrar la debilidad, la impotencia, la imperfección o la incultura de los padres, “a la caída del niño rey corresponde, como un eco, la caída de los padres idealizados”. Este desmoronamiento provoca sentimientos ambivalentes en el niño, odio y desprecio por los padres, envidia y atracción por los privilegiados. Simultáneamente, experimenta odio y desprecio por quienes humillan a sus seres queridos “la vergüenza de tener
En la adolescencia la vergüenza se experimenta desde tres registros: el de la sexualidad, el de la idealidad y el del identidad.
En el registro corporal y sexual predomina, lo que para Dolto es la vergüenza por el cuerpo, que por su rápida transformación, no se conoce todavía y con el cual los adolescentes son torpes. De ahí la tendencia al exhibicionismo en los pospubertos, requieren de una retroalimentación narcisista que les confirme que no son feas o feos, que tienen estilo para arreglarse o no, que son dignos de atraer.
En el plano de la idealidad, “la obsesión de estar ‘mal consigo mismos’ se une a la de ‘no estar a la altura de las circunstancias’ con relación a su deseo de llegar a ser alguien… El adolescente está confrontado con un Yo ideal que no siempre está en condiciones de sostener”. En tres contextos suele darse este registro de la vergüenza: físico, social y escolar.
En la actualidad es frecuente escuchar a los adolescentes afirmar que son bisexuales, en muchos casos esta aseveración no es acorde con la definición de una orientación sexual sino que se dirige al deseo de ser aceptados y a obtener cercanía física sin importar el género del otro. Esto se vincula al problema de la identidad, en ocasiones, la obsesión una imagen unificada y continua hace que los adolescentes exacerben la expresión de una identidad, ya sea sexual, familiar o social. Suelen envidiar a los que “tienen personalidad” y se avergüenzan de su poco impacto en los demás. Ser loser es la ubicación más vergonzosa.
Finalmente se llega a la “lucha de los lugares” en la adultez joven. Los encuentros entre jóvenes casi siempre se acompañan de la pregunta “¿a qué te dedicas?”, es presentar las credenciales las cuales ya han sido precedidas por el análisis riguroso del arreglo y el tipo de ropa que se usa. Esto ya establece un primer código de comunicación que da cuenta del estatus, al menos económico de una persona. Sabemos que hay otros tipos de estatus: académico, social, estético, entre otros. La vergüenza en esta etapa de la vida se vincula con las posiciones, con el prestigio.
Por todo esto, los motores de la vergüenza son la identificación y la reproducción. Somos como una manta hecha de retazos identitarios, muchos de los cuales son reproducciones de nuestra familia y nuestro entorno social. Muchas de nuestras motivaciones y elecciones están impulsadas por la vergüenza, esto es, no se dirigen hacia el ser sino al evitar ser. Es por eso que Abraham y Torok nos dicen que la transmisión inconsciente crea criptas y fantasmas, nuestro psiquismo resguarda secretamente fantasmas familiares y culturales, los cuales se manifiestan sin advertir al sujeto de su presencia. Los fantasmas que portan la vergüenza son como una plaga que carcome día con día nuestro deseo, nuestro placer, nuestra convivencia y en última instancia nuestro ser.
Para concluir quiero ceder la palabra a Vincent de Gaulejac, cuya obra Las fuentes de la vergüenza, ha sido un descubrimiento invaluable, no sólo por su contenido sino por el discurso que estructura sus ideas, que es el de la sociología clínica, abordaje que he recibido como un don intelectual y práctico:

La vergüenza nos hace “recaer en el mundo” No el mundo efímero de las imágenes virtuales, sino el de las relaciones intersubjetivas y la comunicación interpersonal. “Luz íntima de la subjetividad”, nos invita a rechazar las falsas apariencias y buscar en la calidad de los contactos con el otro el desarrollo de la autoestima. En consecuencia, nos obliga a estar atentos, a luchar contra todas las forma de humillación y degradación del hombre. Nos confronta con la otredad, es decir, con la aceptación de la condición humana y la oposición incondicional contra todos aquéllos que se niegan a considerar al otro como un semejante.

Simplemente excelso…

3 comentarios:

  1. Digo lo siguiente: el reverso de la vergüenza, es decir, cuando ni con cucharas en los ojos (jeje) podemos sortear aquello que la suscita; cuando el afecto, el deseo, la historia que la despierta deja de ser una sombra persecutoria "una cripta, un fantasma" en la intimidad del ser; cuando deja de ser una duda oscura y pasa a convicción, sucede entonces, que como decía Marx: "La vergüenza es ya una revolución"

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  2. Miguel:
    Descubro que ya viste la foto de mi perfil, no es una idea original, fue mi hijo de cinco años el creador del concepto, quien espontáneamente se colocó las cucharas y se tomó una foto en mi computadora (que es una de sus grandes aficiones). El crédito es suyo. En cuanto a tu comentario debo decirte que eres sabio, precisamente los autores que revisé coinciden en lo que tu afirmas, cuando la gente cambia su posición frente a la vergüenza, esto es, pasa de la humillación al descontento y por tanto al cuestionamiento, es cuando inician las revoluciones sociales.

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  3. Sí! jaja, esta buena la foto y vi la imagen en ese momento, una cosa llevo la otra, jeje. Y a propósito de tu comentario (que agradezco), y de tu texto (que también agradezco) te contare una historia: estaba una vez en el negocio de mi padre cuando tenia como 17 años, pidiendo (exigiendo diría él) financiamiento para mis esparcimientos ja!, y lleno de indignación ante su deleznable contribución de dos cifras. Cuando me iba, se acerco a mi un señor sin piernas que andaba sobre una patineta vieja, me miró a la cara, estiró la mano hacia mí para pedirme una moneda y me sonrió con transparencia. La vergüenza (sin pretender decir que eso ocurrió en mí) puede movilizar también revoluciones individuales.

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