sábado, 21 de mayo de 2011

Sincronicidad



Vienes caminando y no sabes tu destino,
conquistando sueños, sueñas llegar a ser deidad.
Sigues caminando sobre viejos territorios,
invocando fuerzas que jamás entenderás.

Y vienes desde allá, donde no sale el sol,
donde no hay calor.
Donde la sangre nunca se sacrificó por un amor.
 Pero aquí, no es así.

Saúl Hernández (Caifanes)

Sincronicidad, concepto límite, abstracto y complejo. Se le ha querido erradicar desacreditando a Carl Jung, su forjador. Son las pretensiones de  los todo-interpretadores que utilizan su posicionamiento como sujetos de supuesto saber para desacreditar obras atribuyéndolas a psicopatologías (como si ellos estuvieran libres de las obscuridades de la psique), sin darse cuenta que si bien los síntomas son indicadores de un tipo de personalidad, también lo son las resoluciones y creaciones emanadas de ellos.
La descalificación inició con el propio Sigmund Freud, con quien Carl Jung tuvo una relación estrecha, intensa y sumamente ambivalente. En varias ocasiones Freud cayó desmayado frente a Jung, lo cual el padre del psicoanálisis interpretaba como una reacción a los deseos inconscientes de Jung por asesinarlo. Herr Professor, tenía grandes esperanzas puestas en él, por constituir una puerta de salida hacia el mundo cristiano y suizo, pues hasta ese momento el psicoanálisis se había circunscrito al campo médico judío. Por otro lado, extender su influencia al país de la cruz blanca implicaba enlazar al psicoanálisis con la meca de la psiquiatría de ese momento, Burghölzli, el Hospital Psiquiátrico de la Universidad de Zúrich, dirigido por el flamante Eugen Bleuler, autor del concepto de esquizofrenia y de los criterios para su diagnóstico, las famosas “Cuatro Aes de Bleuler”:  Asociaciones laxas del pensamiento, Afectividad aplanada, Ambivalencia y Autismo.
Cuenta Jung que en una ocasión en la cual Freud lo reprendía por dejarse inundar por “la negra marea del fango del ocultismo”, él experimentó una sensación ardiente en el diafragma la cual se acompañó de un fuerte crujido proveniente de la estantería de libros de Freud. El suizo sugirió que era un ejemplo de “exteriorización catalítica” a lo cual el interlocutor respondió diciendo: “Pura necedad”, ante lo cual el rebelde Carl anunció un segundo crujido el cual resonó inmediatamente después, dejando en total desconcierto al escéptico psicoanalista.
La relación fue menguando, hasta un punto de no retorno. Tras el rompimiento, Freud celebró: “Por fin nos hemos librado del brutal y beato Jung”, mientras el citado pasó varios años tambaleándose sobre la locura, lo cual despierta suspicacias sobre su obra por parte de “los normales”. Sin embargo, tras este periodo de su vida realizó aportaciones tan sólidas que permanecen vigentes hasta nuestros días.
Una de estas contribuciones fue la sincronicidad, que no planteó en solitario, no es un delirio como muchos quisieran pensar para no contaminar su mente racionalista. El libro donde sustenta este concepto lo escribió junto con Wolfgang Pauli, físico cuántico que propuso el principio de exclusión y cercanísimo amigo de Heisenberg, padre de la mecánica cuántica, quien acuñó el principio de incertidumbre, indispensable para entender la ciencia y el pensamiento de nuestros días.
Jung define la sincronicidad como “el acontecimiento simultáneo de un cierto estado psíquico con uno o más sucesos externos que aparecen como paralelas significativas en el estado subjetivo momentáneo- y viceversa en algunos casos”. Por tanto, implica dos factores:
a)    Una imagen inconsciente entra dentro de la conciencia sea de forma directa o indirecta (simbólica o sugerida) a modo de sueño, idea o premonición.
b)    Una situación objetiva coincide con ese contenido.

Esta coincidencia de una formación de nuestra psique con un evento externo, está contenida en muchas narraciones tanto de los pacientes en los consultorios como de infinidad de conversaciones de sobremesa. Las personas pueden asentir o renegar ante estas anécdotas, las cuales se aceptan o se rechazan, pero en realidad pocas veces se discute a fondo sobre ellas, quedando exclusivamente en el territorio de la fe.
David Peat en su libro Sincronicidad, nos propone un recorrido a través de la evolución, intentando explicar nuestro exilio de la sincronicidad para quedar atrapados en la causalidad. Conciencia y tiempo se enlazan circunscribiendo nuestra experiencia existencial. Para el autor, la conciencia es producto de la indivisibilidad de la mente y el cerebro, “la conciencia no se puede reducir  de ningún modo absoluto a los funcionamientos físicos del cerebro, ni se puede decir que estos procesos materiales estén totalmente condicionados por la mente”.
En un principio, la conciencia humana “contenía el mundo entero”, esto es, no había una “conciencia de sí”. A consecuencia del reflejo del grupo de congéneres, se va constituyendo una “mente individual”, la cual primeramente se asume como parte de una tribu y posteriormente como una conciencia personal la cual integra una “identidad” a partir de recuerdos, costumbres, experiencias y predisposiciones. Surge el “sí mismo”, el cual “se agarra a lo cómodo y seguro, y evita todo lo doloroso, preocupante o que amenace la supervivencia”. Como resultado, el ser humano pierde el sentido del significado más profundo de la naturaleza.
Sostenido en esta conciencia, el humano empieza a intentar sistematizar y dominar la naturaleza, incluyendo al tiempo, control que llega a su exacerbación con la obra de Newton, quien ofreció argumentos para pensar que hubo un creador que impulsó el movimiento inaugural del tiempo, echando a andar una maquinaria la cual caminará  incesantemente hasta “el fin de los tiempo”. Es el tiempo absoluto.
Para nuestra fortuna, trescientos años después apareció Einstein, ese personaje cuidadosamente despeinado, defensor de la relatividad, quien sustentó que la velocidad del tiempo es afectada por la presencia de la materia y la energía. Al ser el humano un conjunto de materia y energía, su presencia modifica el paso del tiempo.
Pero a pesar de las buenas intenciones de Albert, Newton conservó su lugar privilegiado. Las ideas del físico de la relatividad pueden hasta resultar peligrosas para el buen funcionamiento de nuestra sociedad moderna. Imaginen nada más horarios laborales relativos, un burócrata replicando que se retiró porque su materia y energía agilizó el movimiento del reloj. Aunque hay que aceptar que en México somos einstenianos, en nuestro país el tiempo es tan relativo como las buenas intenciones.
El distanciamiento con la armonía de la naturaleza seguida de la planificación, el control y las primeras tecnologías, llevó  a los humanos a identificarse con el tiempo lineal de sucesiones del pasado hacia el futuro, es decir, con el  progreso, dejando atrás la vivencia del “ser” para guiarse por la idea del “llegar a ser”, así, “los individuos ya no se relacionan según ciclos, rituales y movimientos complejos de la naturaleza, sociedad y conciencia, sino que están atados a un orden más bien mecánico del tiempo, la ‘corriente que siempre fluye’, que lo arrastra todo en su camino”.
La identificación del “sí mismo” con estructuras fijas y con el orden sucesivo del “llegar a ser”, lo impulsa a creer que es la única fuente de creatividad. El “sí mismo”  construye una imagen de lo eterno que se esfuerza por alcanzar, se absolutiza y dirige todas sus energías  para sostener la imagen que ha producido. El ruido del “si mismo”, el estruendo de su fantasía, distorsiona todo conocimiento de zonas más sutiles de su conciencia. En adelante todo será antes-después, causa-efecto, por tanto, cuando este “si mismo” tiene encuentros inesperados, impredecibles,  frente a una obra de arte, la naturaleza u otra persona, puede sentirse muy afectada y sentir que toca o es tocado por algo fuera de sí, respondiendo casi siempre con la huída por el temor a la disolución de los órdenes fijos, del fin provisional del tiempo y a la pérdida de mismimidad. De ahí que se excluya voluntariamente de la experiencia de la sincronicidad y por tanto de la creatividad misma, prefiriendo las ensoñaciones lineales del “llegar a ser” sobre la instantaneidad del “ser”.
Para Jung, los fenómenos sincrónicos se asocian a los arquetipos, esos “psicoides”, presencia irrepresentable de nuestra psique, cuyo planteamiento significó una de las grandes controversias con Freud, quien proponía un inconsciente individual cuyas pulsiones debían reprimirse para lograr la cultura, mientras para Jung el inconsciente tenía una dimensión colectiva y creativa. Así, la posesión de significado y su relación con una activación de energía dentro de la psique es la naturaleza propia de la sincronicidad, “es como si la formación de patrones dentro del inconsciente fuese acompañada de patrones físicos en el mundo exterior”. Cuando los patrones psíquicos están por alcanzar la conciencia, la sincronicidad llega a su punto álgido y desaparecen cuando el individuo se da cuenta de una nueva alineación de fuerzas dentro de su personalidad. Es por esto, que las sincronicidades suelen relacionarse con periodos de transformación, es decir, periodos donde una crisis psíquica intensifica la energía estableciendo lazos con el mundo externo.
En este planteamiento el observador se desdibuja siendo sustituido por el participante, como dice el físico John Wheeler, “de este modo hemos llegado a darnos cuenta de que el universo es un universo de participación”. El participante es quien puede convivir simultáneamente con la causalidad y la sincronicidad, puede crearse y dejarse crear, entregado a los actos de creación en el tiempo.
Como mencioné en las primeras líneas, la sincronicidad es un concepto límite el cual confronta nuestros pilares lógicos, quizá como muchas otras circunstancias de la vida, no es necesario entenderla sino aceptarla. Quien ha vivido una fuerte crisis y se ha transformado, se ha enamorado profundamente, ha creado algo o ha sintonizado con significados de la naturaleza asimilará mejor la sincronicidad. Los arquetipos son una probabilidad psíquica, son modelos que existen desde el surgimiento de nuestra especie, los cuales uno puede reconocer dejándose transformar por ellos o simplemente negarlos sosteniéndose sobre su “sí mismo”.
Respeto profundamente lo misterioso y considero que la sincronicidad se encuentra dentro de este rubro. No la confirmo ni la niego, la conservo como probabilidad.




sábado, 14 de mayo de 2011

Atisbos psicoanalíticos a los siete pecados capitales: Envidia


Presentación
        Con esta publicación se clausura la serie sobre los pecados capitales. Dejar al final la envidia no fue una decisión azarosa, pues constituye quizá el “mayor pecado” de nuestra época, el sistema socioeconómico en que vivimos se vitaliza por la envidia, sin ella, la publicidad nada sería.
         Reflexionar sobre la envidia es cuestionarnos nuestros deseos más profundos, lo más obscuro de nuestra subjetividad. Como psicoanalista, he sido testigo de cómo los pacientes regularmente se reservan dos temáticas durante sus sesiones: la cantidad de dinero que ganan o tienen y la sus envidias. Hemos acuñado el concepto “envidia de la buena”, sin la intención  de ofender, he de informarles que eso no existe, la envidia siempre es envidia, sólo varía en intensidad, no es lo mismo pensar “esa casa debería ser mía” a intentar asesinar al dueño para apoderarse de ella.
         A esta entrada le precedieron las de soberbia, gula, avaricia, ira, lujuria y pereza. Para leer la presentación general a la serie pueden seguir este link:




Envidia

El Adán se unió a Eva, su mujer, la cual quedó embarazada y dio a luz a Caín. Entonces dijo: “Gracias a Yavé me conseguí un hijo”. Después dio a luz a Abel, el hermano de Caín. Abel fue pastor de ovejas, mientras que Caín labraba la tierra. Pasado algún tiempo, Caín presentó a Yavé una ofrenda de los frutos de la tierra. También Abel le hizo una ofrenda, sacrificando los primeros nacidos de sus rebaños y quemando su grasa. A Yavé le agradó Abel y su ofrenda, mientras que le desagradó Caín y la suya. Caín se enojó sobremanera y andaba cabizbajo. Yavé le dijo: “¿Por qué andas enojado y con la cabeza baja? Si obras bien, andarás con la cabeza levantada. En cambio, si obras mal, el pecado está a las puertas como fiera al acecho: ¡tú debes dominarlo!”. Caín dijo después a su hermano Abel: “Vamos al campo”. Y cuando estaban en el campo, Caín se lanzó contra su hermano Abel y lo mató (Génesis, 4, 1-8). Tres de los siete pecados capitales se dirigen al otro: envidia, ira y lujuria. De estos, los que llevan implícitos el odio y el deseo de destruir, se inauguran en la traición judeo-cristiana con la relación entre Caín y Abel, esto es, en un vínculo entre hermanos. Acaso las emociones más intensas se detonan por la presencia de los seres similares más allegados, por tanto, la mayor amenaza también la representan estos mismos. Bien conocido nos resulta el descontento de muchas hijas y muchos hijos frente al nacimiento de sus hermanas o hermanos. Especialmente los mayores, quienes pudiendo haber tenido la oportunidad de no competir por la mirada y el amor de sus padres, la pierden al aparecer otros cuartos, quintos o sextos en escena. Por lo mismo, tampoco es poco frecuente que los primogénitos absorban más de la savia de sus padres que los menores. Muchos ejemplos históricos muestran como los personajes conservadores regularmente ocupan los primeros puestos en sus familias, mientras los revolucionarios se posicionan entre los menores. No por esto hay que apresurar conclusiones simplistas, la envidia puede ser multidireccional y en tiempos donde el orden familiar es tan diverso, tenemos que considerar otras posibilidades como la relación entre medios hermanos.
En la sexta nota a pie de página de su texto Envidia y Gratitud, Melanie Klein agradece a Jaques Elliot por señalarle el origen de la palabra envidia, la cual deriva de la voz latina invidia que a su vez proviene del verbo invideo, esto es: “mirar maliciosa o rencorosamente dentro de, dirigir una mirada maligna sobre”. La vista y el oído son sentidos de distancia, no requieren de contacto, de ahí su poder de percibir sin que necesariamente el otro se percate de ello. Salvo en casos de ceguera, la vista predomina en la constitución de nuestra dimensión imaginaria. Podemos afirmar que la envidia se encuentra en este registro, no se envidia lo que es, se envida lo que parece, es el yo, con sus tendencias a fascinarse quien nos engaña con la fantasía de que existe gente “feliz” y “completa” confrontando nuestra representación de nosotros mismos como seres en falta.  Cuando alguien desafía nuestra imagen de nosotros mismos al grado de sentirla amenazada, entonces emana la envidia, el impulso a mirar obsesivamente a otro, ya sea para ambicionar sus placeres y posesiones  o para ser testigo de sus momentos de fracaso.
Epstein, en su libro Envidia, nos ofrece un dato curioso, los filósofos reconocidos que han escrito con mayor detalle sobre la envidia eran solteros: Kant, Kierkegaard, Schopenhauer y Nietzsche.  Este último afirmaba que “un filósofo casado era un filósofo de pega”. Cada quien puede interpretar este dato como le resulte más conveniente. Lo importante de estos autores es su obra, y en el caso del presente escrito, su obra asociada a la envidia. Entre ellos, sobresale Schopenhauer, quien decía: “Como se sienten desdichados, los hombres no pueden soportar la visión de alguien a quien consideren feliz”. Para el filósofo, la envidia se intensifica frente a la capacidades innatas y el talento de los demás: una inteligencia extraordinaria, un don específico o la belleza. Si Schopenhauer estuviera entre nosotros y viera la cantidad de revistas, contenidos de televisión e internet que son consumidos en la actualidad, todos saturados de imágenes inspiradoras de envidia, muy probablemente nos percibiría como aficionados a la desdicha, ya que nos arrojamos voluntariamente a la fuente de la envidia.
Melanie Klein propone distinguir entre la envidia, los celos y la voracidad. La primera la conceptualiza como “el sentimiento enojoso contra otra persona que posee o goza de algo deseable, siendo el impulso envidioso el de quitárselo o dañarlo. Además la envidia implica la relación del sujeto con una sola persona y se remonta a la relación más temprana y exclusiva con la madre”. Por su parte, los celos “están basados sobre la envidia, pero comprenden una relación de por lo menos dos personas y conciernen principalmente al amor que el sujeto siente que le es debido y le ha sido quitado, o está en peligro de serlo, por su rival”. Finalmente la voracidad “es un deseo vehemente, impetuoso e insaciable y que excede lo que el sujeto necesita y lo que el objeto es capaz y está dispuesto a dar”.
En el maravilloso texto de Envidia y Gratitud, la Sra. Klein nos explica el origen de la envidia y la capacidad o incapacidad para la gratitud. Para la autora, los primeros meses de vida determinan gran parte de nuestra subjetividad, principalmente el vínculo temprano con la madre y su función nutricia. El pecho tiene un lugar protagónico, sea este real o simbólico (mamila). Klein nos explica como el bebé integra el pecho como parte de su yo, como una manera de sostenerse frente a la ansiedad de abandonar la vida intrauterina, logrando que “el niño, que antes estaba dentro de la madre, tiene ahora a la madre dentro de sí”. El juego de frustraciones y gratificaciones con el pecho, definirán la posibilidad del sujeto de sentirse capaz de nutrir a otros o al contario, vivirse permanentemente privado de gratificaciones imaginarias las cuales considera le corresponden. Para la psicoanalista, “la gratitud está estrechamente ligada a la generosidad. La riqueza interna deriva de haber asimilado el objeto bueno, de modo que el individuo se hace capaz de compartir sus dones con otros”. Por eso mismo, desde una perspectiva clínica, la incapacidad para agradecer y ofrecer a los otros son indicadores de envidia. Solamente se niega a dar, quien siente que al dar pierde algo de sí mismo.
Otra dimensión de la envidia es la idealización. En contra de la lógica del mercado, la cual nos empuja constantemente a “vendernos”, el psicoanálisis nos advierte sobre los riesgos de ser idealizados, pues es altamente probable que quien en un primer momento nos idealice posteriormente deseé destruirnos. Idealizar, según Klein,  es el mecanismo de las personas incapaces de poseer un objeto bueno, esto es, portar dentro sí mismas la representación de un vínculo de amor que fue tan legítimo y espontáneo que no se requiere buscarlo afuera, agrega “aquél objeto idealizado a menudo llega a ser percibido como un perseguidor… y en él es proyectada la actitud envidiosa y crítica del sujeto”.
Los antiguos griegos diseñaron dispositivos para contrarrestar la envidia social, era un recurso jurídico al cual llamaron ostracismo, el cual consistía en exiliar durante diez años a los ciudadanos que despertaban la envidia general. No perdían sus propiedades ni sus derechos y se procuraba que regresaran tras este periodo. En este sentido, para John Rawls, una sociedad bien organizada tendría que intentar mitigar las condiciones que favorecen la envidia.
Frente a esto cabe preguntarnos ¿qué sería el capitalismo sin envidia?, ¿podría sostenerse el sistema sin el deseo de poseer lo del otro o imponerse sobre el otro?, personalmente lo considero muy difícil. Se han hecho investigaciones en las cuales una mayoría expresa que preferiría ganar 85, 000 dólares anuales a 100, 000 dólares, siempre y cuando en el primer caso los demás ganaran 70, 000 y en el segundo 125, 0000 dólares. Esto es, el valor en el capitalismo no necesariamente está dado por lo que se desea sino por lo que le falta al otro. En el capitalismo el pobre se vuelve rey frente al miserable.
Pero esta dinámica conlleva el riesgo de expandir el resentimiento,  como lo definió Max Scheler en su libro El resentimiento en la moral. El resentimiento es un sentimiento de impotencia, es cuando alguien descubre que no puede alterar una situación pero no le agrada y no se resigna. Escribe Scheler, el resentimiento “es un veneno de la mente que tiene unas causas y consecuencias bastante determinadas. Es una actitud mental duradera, causada por una regresión sistemática de ciertas emociones y afectos que, como tales, son componentes normales de la naturaleza humana. Su represión lleva a una tendencia constante a entregarse a ciertas formas de valores ilusorios y a los juicios de valores correspondientes. Las emociones y afectos principalmente implicados son la venganza, el odio, la malevolencia, la envidia, la tendencia a desvirtuar y el rencor”. Para Scheler la moralidad tras la Revolución francesa, dejó atrás al cristianismo para asentarse en el resentimiento.
La consecuencia del resentimiento es la Schadenfreude, esto es, la satisfacción por la caída o fracaso del otro. Esto nos ofrece claves para entender esta bipolaridad capitalista de winners y losers, o lo que es lo mismo, si no ganas, pierdes. Por lo cual los concursos, los deportes de competencia y la vida empresarial se vuelven tan atractivos, son vías regias para celebrar la caída del otro, donde impera el principio de Soy donde fracasa el otro.
 La tradición cristiana propone enfrentar la envidia con la caridad, un dar sin esperar nada a cambio. En su encíclica DEUS CARITAS EST, el actual jerarca de la iglesia católica, Benedicto XVI, hace referencia a las tres formas del amor heredadas de la tradición greco-latina: Agapé (Cáritas), Philia y Eros. Escribe: “Este relegar la palabra eros, junto con la nueva concepción del amor que se expresa con la palabra agapé, denota sin duda algo esencial en la novedad del cristianismo, precisamente en su modo de entender el amor. En la crítica al cristianismo que se ha desarrollado con creciente radicalismo a partir de la Ilustración, esta novedad ha sido valorada de modo absolutamente negativo. El cristianismo, según Friedrich Nietzsche, habría dado de beber al eros un veneno, el cual, aunque no le llevó a la muerte, le hizo degenerar en vicio. El filósofo alemán expresó de este modo una apreciación muy difundida: la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida? ¿No pone quizás carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en nosotros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo de lo divino?”. Tras estas preguntas el autor argumenta a favor de la caridad. Oponerse a la caridad quizá sea una postura necia, pero conformarse con ella también lo es. Considero que los tres amores son necesarios: amar al otro como ser en sí, amar al otro como similitud y amar al otro como diferencia.
La triada nos permite experimentar y expresar compasión, solidaridad y gratitud. Quizá estos sean los demonios del capitalismo, pero son nuestra opción para menguar la envidia y en última instancia, ser menos violentos.

sábado, 7 de mayo de 2011

Atisbos psicoanalíticos a los siete pecados capitales: Pereza




Presentación

        Siendo congruente con el tema, no escribí presentación por pereza.

     Esta es la penúltima entrega de esta serie, previamente publiqué las entradas sobre soberbia, gula, avaricia, ira, lujuria y seguirá la de envidia.
       Para leer la presentación general de la serie, pueden seguir este link:



Pereza
El perezoso se parece a un montón de excrementos: el que los levanta se sacude la mano (Eclesiástico, 37, 11). Enérgica expresión de uno de los libros sapienciales de la Biblia, escrito por Jesús ben Sira, sabio de Jerusalén quien siguió el estilo salomónico de escritura para denunciar vicios como la pereza, voz sustantiva denotando la lentitud, la indolencia y en la tradición cristiana la acedia.
Aldous Huxley en su ensayo Acedia componente de su libro Al margen, refiere que los santos del desierto la denominaban daemon meridianus, espíritu maligno cuya hora favorita de visita era bajo el ardiente sol: “Yacía a la espera de aquellos monjes que se hastiaran de trabajar bajo el sol opresivo, aprovechando un momento de flaqueza para forzar la entrada de sus corazones. Y una vez instalado dentro, ¡qué estragos cometía!, pues de repente a la pobre víctima el día le resultaba intolerablemente largo y la vida desoladoramente vacía”. Para Huxley, el Taedium cordis, lo cual traduzco desde mi total ignorancia del latín como “Tedio del corazón”, no se puede confundir con la pereza, la cual es solamente una de tantas manifestaciones de la acedia.
Como todos los pecados capitales, la acedia es tallo del cual emanan numerosos pecados menores: ociosidad, morosidad, frialdad, falta de devoción y “el pecado de la aflicción mundana, llamado tristitia”: En la Modernidad, la acedia dejó de ser pecado derivando en una enfermedad, la cual se alabó como el espíritu del Romanticismo. Para 1923, momento en el cual Huxley publica estos ensayos, la acedia ya no era pecado, ni enfermedad sino “un estado mental que el destino nos ha impuesto”. Lúcida descripción del mal de nuestra época, pues asumimos como destino el aburrimiento, el desánimo y las desesperación, los cuales ya no responden a la cruz acompañada del grito Vade Retro Satana, el hastío es una amenaza permanente trascendiendo el mediodía para extenderse a un horario Always Open.
Muchas denominaciones se la han dado a la actual sociedad, una de ellas es la “del aburrimiento”. Aburrirse es una encrucijada, un cruce de caminos dirigiéndose a múltiples direcciones. En algunos encuentros sociales uno puede experimentar aburrimiento, lo cual suele ser un grito desesperado del deseo, huir para evitar morir por sobreexposición a la estupidez. Pero existen los aburridos consuetudinarios, espíritus tibios atrapados en el goce, despreciando cualquier placer ajeno a la sensualidad y al presentismo.
Para Heidegger, la modernidad se caracteriza por el horror vacui, el pánico frente al vacío, manifiesto en el aburrimiento, entendido desde la raíz latina que remite al significado de aborrecimiento. El filósofo propone lanzarse al vacío a través del aburrimiento, hasta llegar al aburrimiento profundo,  arribar al es ist einem langeweiling, al uno se aburre, estado donde el sujeto desaparece, pues el aburrimiento se devora al yo y el mundo se vuelve indiferente. Inmersos en estas profundidades del tedio, el tiempo deja de importar y la persona se vive como una inmensa unidad temporal inarticulada. El desvanecimiento de las fronteras temporales permite la experiencia plena del instante, la cual es para Heidegger la posibilidad auténtica de existir.  Como afirma Daniel Lesmes “en el aburrimiento heideggeriano está en operación lo que podría llamarse un sentir del mónakos, del solitario, y es que a pesar de su insistencia en que el hombre es ser-en-el-mundo, Heidegger, como sabemos, se aísla”.
       Es así como podemos vincular el aburrimiento al ocio, ese tiempo exento de responsabilidad laboral, donde podemos enfocarnos en el estudio, la contemplación y la creatividad. De ahí que la palabra escuela derive del griego skolé, origen del concepto ocio, pues solamente el ocioso puede enfocarse en actividades que no representan obligaciones para satisfacción de necesidades ni contemplan ingresos económicos. Quien se dedica al negocio, esto es al no-ocio está cubriendo necesidades corporales, laborales o compromisos sociales. Es probable que la actual crisis de la educación, en particular la de nivel superior, sea porque los estudiantes se representan su paso por la universidad como un negocio, como una obligación para cubrir sus necesidades, razón por la cual no experimentan la devoción por el conocimiento.
El ocio es por tanto la oportunidad para aburrirse, para arrojarse al vacío en busca del instante. Sin embargo, el horror vacui, ataja a muchas personas haciéndoles insoportable el sentimiento de soledad, por tanto se refugian en el entretenimiento, vocablo que significa “mantener juntos”, huyen del abismo del ser para aletargarse en el incesante rumor de las masas. Las redes sociales, anegadas de tedio, corrompiendo el encanto del acontecimiento, muestran el desfallecimiento de la posibilidad estética, contemplativa y personal de nuestra época. Borran la diferencia entre compartir con el otro a derramarse sobre el otro, por la incertidumbre sobre el propio ser, expresado por la necesidad de poner a votación el deseo y el placer: “Me responden, por tanto, existo”. Lo mismo sucede con todo el espectro de los mass media, los cuales masajean al yo, creando una relación de complicidad para acallar al ser, despojándole del ocio, abatiéndolo en la pereza.
Pero ¿cuál es el devenir del deseo en la pereza? Preguntémosle a Herr Professor Sigmund Freud.
Tras el embate de la Primera Guerra Mundial, Freud revolucionó su teoría de las pulsiones y la expuso en el texto Más allá del principio del placer. Previo a esta publicación el autor pensaba en términos de placer-displacer, tras la epidemia de dolor de la posguerra, la cual sacó a flote sintomatologías inimaginables, en las que las vivencias traumáticas reaparecían incesantemente atormentando el día a día de miles de personas, Freud se vio en la encrucijada de sostener su sistema a pesar de las evidencias que lo cuestionaban o, como solía hacer, ser su propio crítico y replantear su teoría. Optó por lo último, dando nacimiento al concepto de compulsión a la repetición, en la cual un dolor enquistado golpea una y otra vez la vida anímica de las personas, arrojándolas a una intensa angustia, para la cual se busca remedio en la aspiración a un estado nirvánico, esto es, reducir a cero el nivel de excitación externo o intrapsíquico. Una fuerza en negativo impulsa este principio, la pulsión de muerte, una energía muda rompiendo las redes eróticas hasta llevar al sujeto al estado inanimado. Posteriormente Freud encontrará que muchos humanos crean una ligazón entre placer y aniquilación, un consorcio  de pulsiones de vida y muerte, donde la destrucción se vive placenteramente. Son los masoquistas, para quienes el dolor es su prueba de existencia y el placer sólo la antesala de nuevos dolores.
     Quizá vincular pereza y masoquismo despierte muchas suspicacias, la falta de espectacularidad de la pereza nos lleva a pensar que solamente es consecuencia de falta de voluntad. Pero analizando con mayor profundidad cuanta vida y cuanta muerte habitan al perezoso, probablemente no descartemos con tanta facilidad la posibilidad masoquista.
Se me ha ocurrido el juego de palabras “Pere-ser”, para dar cuenta de la condición óntica del perezoso, no es un ser-para–la-muerte sino un ser-en–la-muerte, es quien obsequia su tiempo y por tanto su vida como ofrenda a un Otro Supremo,  a un Otro hambriento del ser y el tiempo de los humanos, el cual ofrece a cambio distracción y entretenimiento.
         Pere-ser es eternizar el instante aniquilándolo, el perezoso no distingue un minuto de otro, un día de otro, el tiempo sólo actúa en su cuerpo, lo cual implica desde un argumento inspirado en la obra de Lacan, vivir una vida completamente real, anémica de imaginación y simbolismo.



domingo, 1 de mayo de 2011

Atisbos psicoanalíticos a los siete pecados capitales: Lujuria




Presentación
        Resulta de sumo interés el descubrimiento de que en la Biblia solamente se menciona cinco veces la palabra lujuria, ninguna de ellas en los llamados evangelios donde se compilan, según la tradición cristiana, las enseñanzas de Jesucristo. Dos referencias en Isaías, una en la Carta a los Romanos, una en la Carta a los Colonenses y una en el Apocalipsis. De las cinco, dos son de textos atribuidos a San Pablo, el legítimo fundador de la moral cristiana e inspirador de las fantasías terroríficas alrededor de la lujuria. Como sucede en muchas ocasiones, se le hace más caso al radical que al mismo fundador de un credo. Varias de las referencias bíblicas vinculan lujuria e idolatría, probablemente como nos lo mostró Teresa de Ávila, la frontera entre el éxtasis místico y el orgasmo físico es muy tenue. De ahí que de todos los pecados capitales, solamente la lujuria puede constituirse en un sustituto de la experiencia espiritual. Esto puede ser la causa por la cual la iglesia católica enfatice tanto el tema de la sexualidad, si las personas se apropian de su cuerpo y se asumen responsables de su placer sin culpa ni necesidad de rendir cuentas, la iglesia pierde adeptos y poder. Castigar la sexualidad es el método más eficaz para controlar a las personas, si estas se acusan voluntariamente el control se incrementa, pues si de algo no se puede huir es de la sexualidad.
         El presente texto abordará algunos antecedentes de la concepción occidental de lujuria y su impacto en la vida cotidiana de las personas.
        Previamente publiqué las entradas sobre soberbia, gula, avaricia, ira y seguirán las de pereza y envidia.
        Para leer la presentación general de la serie, pueden seguir este link:






Lujuria

Algo en su manera de moverse,
me atrae como ninguna otra amante.
Algo en su forma de seducirme…
George Harrison

¡Qué hermosa eres, qué encantadora, mi amor y mi delicia! Tu talle se parece a la palmera, tus pechos a sus racimos. Yo dije: Subiré a la palmera, y recogeré sus frutos. ¡Que tus pechos sean como racimos de uva, tu aliento como aroma de manzanas,  y tu paladar como un vino delicioso, que corre suavemente hacia el amado, fluyendo entre los labios y los dientes! (Cantar de los Cantares 7, 7-10). Himno de amor y lujuria, el Cantar de los Cantares es una de las expresiones más enardecidas de la literatura universal, copla donde se conjugan la demencia del romance juvenil con el erotismo mas frenético.
Sin lugar a dudas es un texto de origen oriental, pues amor y lujuria suelen disociarse en la tradición occidental. Como bien lo expresa en su libro Lujuria Simon Blackburn, el amor “recibe los aplausos del mundo… persigue el bien del otro, de forma controlada, atenta, racional y paciente… Se recrea en la conversación a la luz de las velas… Es individual: hay un único Otro, la persona adorada, la única estrella alrededor orbita el enamorado… Crece con el tiempo y la familiaridad, el cortejo, la sinceridad y la confianza… Perdura”. Mientras la lujuria “Es furtiva, vergonzosa, embarazosa… Persigue su propia gratificación inmediata, sin paciencia ni control, inmune a la razón… Se encuentra igualmente a gusto en un portal o en un taxi, y su conversación está hecha de gritos y gruñidos animales… Acepta lo que venga… Mira de soslayo, inventa engaños, estratagemas y seducciones, aprovecha oportunidades… El deseo se agota rápidamente”.
Escindimos el encuentro humano, invertimos eternos minutos e incesantes esfuerzos aislando el amor de la lujuria y viceversa, no logramos integrar el arrollador  placer con la  ternura y el cariño. De ahí que la seducción produzca fascinación y repudio al mismo tiempo, urbanizamos el deseo, reglamentamos la espontaneidad. Pero al mismo tiempo, y esto lo saben bien los seductores más avezados, esperamos permanentemente obtener placer, el cual suele ser insuficiente en las relaciones de pareja y amistad, así como con nosotros mismos. Como afirma Robert Greene en su libro El arte de la seducción “lo que a la gente le hace falta en la vida no es más realidad, sino ilusión, fantasía y juego… La seducción es una especie de teatro en la vida real, el encuentro de la ilusión y la realidad”.
  “Sólo quiere sexo” es una frase comúnmente utilizada para denotar  las “bajas” intenciones de alguien, pero si bien no todos queremos “sólo sexo”, todos “queremos sexo” por muchas razones, algunas de ellas no inspiradas directamente en la lujuria, como: tener hijos, para demostrar que se es capaz de hacerlo, para dar gusto a la pareja, para deshacerse de alguien, para escalar peldaños en la carrera profesional, para obtener un bien o para ganar dinero.  Sin embargo, hemos creado un sistema social complejísimo lleno de rodeos y prejuicios para alejarnos de este deseo. Esto no es una consecuencia azarosa, tiene un origen en obras ampliamente reconocidas. Uno de los principales constructores de esta farsa compartida es San Agustín, quien hizo de su obsesión por el sexo uno de los más intensos impulsos de su obra, demostrando el viejo adagio: “dime de qué te proteges y te diré cual es tu deseo”.
        En Agustín confluyeron tres tradiciones: el legado grecolatino, el maniqueísmo y el cristianismo. De la primera retomó principalmente la herencia platónica con su insistencia en partir la condición humana en cuerpo y espíritu, dando a los placeres del cuerpo un lugar de trampa y fuente del mal.
        Para los maniqueos, el mundo “era el campo de batalla de dos fuerzas implacablemente enfrentadas, la luz y la oscuridad… La luz era el dominio del alma, la oscuridad el dominio del cuerpo”. La lujuria para el maniqueísmo era el abismo, el lazo que unía el alma a las fuerzas de la oscuridad.
         Finalmente el cristianismo, particularmente los escritos de San Pablo, quien se oponía totalmente a los placeres del cuerpo e inicio la tradición del celibato. En el siglo II los encratitas (del griego enkrateia, que significa continencia y abstención) instauraron un ritual bautismal que implicaba la renuncia al sexo, para lograr su objetivo algunos se sometían a castraciones. Ellos fueron seguidos por Antonio, el padre del ascetismo del desierto, luego Jerónimo quien en medio del hambre producida por extensos ayunos y entre bestias y escorpiones, se daba tiempo para ensoñarse rodeado de bailarinas. Por tanto, Agustín fue receptor de una tradición donde la lujuria era considerada como sucia, repugnante, endemoniada y destinada a la condenación eterna.
         Al tener su revelación espiritual frente a un texto de San Pablo, el buen Agustín decide hacerle caso a su devota madre, Mónica, y expulsa a la que había sido su mujer y a su hijo. En adelante se dedicó a pensar y a escribir, pero siempre lo acompañó el tema de la lujuria. Dedicó largas horas a intentar entender porque el creador había dado cuerpos sexuados a los seres humanos. Sus antecesores habían concluido que antes de la expulsión del paraíso, Adán y Eva concebían a través de puro amor espiritual, ”sin mancha de lujuria”. Contemplando esto racionalmente, enamorarse implicaría en sí mismo embarazo, al decir “te amo”, ¡pum!, bebé en camino, sería  un coitus no iniciadus. Tengo la certeza de que si esto fuera posible, los alemanes ya hubieran inventado condones para el espíritu.
         Quizá al no estar expuesto al delirio del desierto, Agustín pudo conservar cierta ecuanimidad y concluyó que “la diferencia sexual debía tener alguna presencia, pues de otro modo Eva no le hubiera servido de nada a Adán”. Nuestro santo siguió entonces practicando su deporte favorito, el Teo-Ball, esto es lanzar de un lado a otro la bola teológica hasta meter gol. Cuando parecía que el partido iba a quedar Lujuria 1 – Castidad 0, una nueva luz cayó sobre su cabeza. Puede haber sexo pero sin deseo de placer, sólo para concebir y continuar la humanidad. Hay que disculpar a este padre de la iglesia católica, era buen teólogo pero pésimo fisiólogo, a pesar de su no larga pero si intensa vida sexual, no le quedó claro que al menos por parte de los hombres, se requiere excitación para tener una erección y un orgasmo para fecundar y el orgasmo requiere una experiencia placentera. Probablemente descubrió un método de eyaculación displacentera el cual no quiso compartir con la humanidad: “Madre rica, pobre Padre”. No hay que juzgarlo tan enérgicamente, a lo mejor sufría priapismo, esa rara enfermedad donde el pene permanece erecto y el glande flácido por largos periodos de tiempo sin la presencia de excitación, lo cual lo llevaba a vivir apenado.
         A él debemos esa tradición tan valorada por la iglesia católica del “cristianismo muscular”, como lo denomina Blackburn, esto es, una doctrina moral basada en la lucha y la resistencia, de la cual emana el Pecadómetro:
·     Virginidad = Pase directo al cielo. Siempre y cuando no exista registro de pensamientos concupiscentes.
·      Matrimonio sin sexo = Estancia corta en el purgatorio a fuego lento.
·      Matrimonio con actividad procreadora sin placer = Purgatorio a la parrilla.
·      Actividad procreadora acompañada por placer = Tiempo indeterminado en el purgatorio, en hoguera y con sucesivos trinchazos lanzados desde el averno.
·      Actuar por puro placer sexual: Beca completa en  la Satan’s  University.

Hubo que esperar varios siglos, hasta la publicación de Elementos de derecho natural y político de Thomas Hobbes, para que la discusión sobre la lujuria se diera en otros términos. Dice el autor:

El apetito que llamamos lujuria, y la fruición que le acompaña, es un placer de los sentidos, pero también es intelectual, pues consiste en dos tipos de apetitos reunidos: agradar a otros y que le agraden a uno; este tipo de deleite no es sensual, sino un placer o un gozo de la mente, consistente en imaginarse el poder que tiene una para agradar de tal modo.


Maravilloso fragmento iluminando un hecho hoy plenamente probado: lujuria y seducción son más  impulsados por factores psicológicos que físicos. Nos dice Greene “La seducción es un juego de psicología, no de belleza”. La previsión de  placer puede en muchas ocasiones ser más excitante que el acto sexual en sí. La imaginación nos arroja a fantasías febriles, nos representamos como experimentados amantes seduciendo y ejecutando las artes más elaboradas en la cama con parejas igualmente expertas. Por otra parte, la mirada deseante del otro sobre nosotros exacerba el influjo de lujuria, basta con escuchar relatos de fantasías y sueños sexuales, para descubrir el énfasis en el mirar. Como decía Sartre, cuando asumimos que nuestro cuerpo y nuestra subjetividad se encuentran bajo el escrutinio de consciencias diferentes a la nuestra, puede surgir la vergüenza, sin embargo, si nos impregna una mirada deseante y se acompaña de palabras, expresiones y movimientos congruentes con dicho deseo, se magnifica nuestra imagen de nosotros mismos y por tanto nuestro placer.
Así arribamos a los límites de la lujuria, al punto desde donde los perversos actúan. Cofunden y tergiversan el deseo del otro, entienden el no como si, proyectan su excitación y al estar atrapados por imperativos, consideran que todos somos impulsados por las mismas fuerzas e intenciones. Es por esto que pueden leer en la mirada de una niña o un niño la pretensión de relación sexual, cuando en realidad están solicitando afecto. Pueden violar asumiendo que la víctima también quiere sexo e interpretan su defensa como señales de aprobación. En fin, el borde entre la lujuria compartida y una lujuria impuesta al otro será, como dice Savater, “el daño que podamos hacer a otros para conseguir goce, al abusar de ellos, aprovecharnos de la inocencia de menores o de gente que por su situación económica tiene que someterse”.
La influencia del factor religioso ha disminuido considerablemente en la regulación de las prácticas sexuales, pero llama la atención que en una era tan avanzada en cuanto a los métodos anticonceptivos y de protección de contagio, esto es, de autocuidado, libertad y apropiación del cuerpo; ahora el pecado y el castigo metafísico han sido sustituidos por los tormentos psicológicos, tanto en acciones sexuales compulsivas sin placer, en abstinencias autoimpuestas, así como en fragmentación de las experiencias. El temor a un dios se ha ido mermando para dejar lugar a un enorme temor a la mirada del otro, al escrutinio y consciencia que el otro puede tener sobre nosotros.
Somos seres de placer, todo obstáculo al mismo conllevará manifestaciones, las cuales pueden ser creativas o sintomáticas. Lo cierto, es que sólo a través del placer es posible nuestra integración psico-somática, renunciar al placer implica disociar nuestra condición humana.