martes, 5 de junio de 2012

De donde no se vuelve


Me muevo hacia delante para atrapar mi propio tiempo
y el tiempo va siempre hacia atrás…
De donde no se vuelve.

Alberto García-Alix

       Es cuatro de abril del año dos mil doce, recorro el andador Macedonio Alcalá, puente entre dos centros de ascensión espiritual, vena que une la Catedral de la ciudad con el Templo de Santo Domingo. Colores, olores y sabores vuelan hasta los sentidos, recuerdan al visitante que si la diversidad tuviera un hogar se localizaría en Oaxaca. El sol amenaza con hervir el pavimento y abrasar la piel, en un orden que sólo natura puede imponer, los caminantes nos organizamos sobre una estrecha franja de sombra como hormigas en dirección al nido.
Rastreo sin buscar, el impulso me lleva al Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO), aunque me remite a su similar en Monterrey, las dimensiones del sureño son tan sólo una escala del norteño, pero el recuerdo de haber sido sorprendido por la obra de Julio Galán en la tierra regiomontana me hace pensar en la oportunidad de ser atrapado nuevamente por una obra. Las primeras salas me hacen sentir como en esos espacios necesarios de un museo de arte, una obra temática pero lejana a las entrañas de lo humano. Recibo un obsequio de una pared de un patio interior, una frase del oaxaqueño Rufino Tamayo: “No quiero retratar el árbol o el hombre, sino rehacerlos, ‘recrearlos’. Para mí esta es la función del arte. Y esta recreación se hace por medio de la poesía”. Con esperanza renovada subo unas escaleras donde me encuentro con una sala de video donde se proyecta una especie de documental del fotógrafo Alberto García-Alix. Temeroso ingreso al ala obscura, experimento resistencia frente a obras artísticas donde el creador parece dirigirse a especialistas, asumiendo que el espectador conoce toda la historia del arte occidental y desde ese lugar de privilegio tendrá el honor de entender su propuesta.
Encuentro un desfile de video y fotografías en blanco y negro, contextualizadas por  la narración de una voz rasposa al estilo Joaquín Sabina, ese peculiar sonido que emana de gargantas donde el alcohol y el tabaco han hecho surco.  No es el buen Sabina, es el mismo García-Alix quien sigue un guión que él mismo ha escrito, al cual llamó De donde no se vuelve. La circulación de 200 fotografías capturadas entre los años 1976 a 2008 sumada a la locución de un sobreviviente de la batalla de las jeringas, me hipnotiza, un híbrido se apodera de mi pecho, donde danzan abrazados la fascinación y el espanto, los rostros tan vivos y altaneros de yonkis que se eternizaron en la juventud, momificados por lo que el mismo García-Alix llama los excesos del pasado:

Vapores de opio donde el tiempo es sombra.
Vapores de opio sueñan letras chinas. Vapores de opio sueñan letras chinas.
Morfina…
Pentazocina. Palfium. Dolantina. Pentapón. Sosegón…
Pentazocina. Palfium. Dolantina. Pentapón. Sosegón…
Ampollas de clorhidrato mórfico… Ampollas de clorhidrato mórfico…
Heroína… Heroína…
El limbo que antecede al infierno. El limbo que antecede al infierno.
El fracaso narcotizado no duele, tampoco el miedo…
Carlitos Gardel en cucharilla de plata…
¡Hay que bailar! Y eso hicimos la mayoría de la pandilla
Tere y yo, Willy, Fernando, Rosa, Chito y Magui, Manolo…
Como en un homenaje, se nombra a las caídas y los caídos por las flechas de heroína, miro las imágenes como si frente a mí se encontrara el anuario de un panteón: “Por favor, sonrían, graduados de la vida, generación 1980”.
El primero en morir fue mi hermano Willy y la primera en nacer
fue su hija Nuria.
Una lección magistral de vida.
Teresa estaba convencida de que éramos jóvenes con alma de héroe
y Fernando decía que vivíamos desencajados en un estrato marginal.
Mi única disciplina era la misma que hoy: hacer fotos.
Los amigos de aquellos días y nuestra común odisea, congelados.
Éramos jóvenes. Ingenuos. Irreverentes. Inquietos. Agitadores… Creativos…
Larga vida al Rock ‘n’ Roll!
Pero, para muchos de nosotros, nuestro error fue que nuestra mística
estaba anclada a una épica destructiva.
En esta luz que anestesia el remordimiento, renace el deseo...
Si pudiese me daba un homenaje.
Por matar el miedo soy capaz…
Capaz de cualquier delito.

     Nuestro error fue que nuestra mística estaba anclada en un épica destructiva… Describiendo a jóvenes de hace más treinta años, la frase podrían apropiársela muchos jóvenes de la actualidad, es un enunciado para un domingo, las generaciones noveles han abandonado los confesionarios como sitio expiatorio, ahora cumplen su acto de contrición en sus habitaciones, enterrados en sus camas, “crudeando” o luchando contra los espectros de una noche de anfetaminas, sedientos de serotonina, escarban entre sus drogas suaves para matar el miedo y no ser arrastrados por el pánico o la depresión.
       Educados para recorrer líneas, caminamos desde la infancia impulsados por la idea de avanzar, de ir hacia delante, del progreso. Es nuestra mentira más valorada, diariamente nos imponemos el reto de “mejorar”, lavamos y enceramos nuestra carrocería para lanzarnos a la vorágine donde miles o millones, depende donde vivamos, se mueven bajo el mismo precepto. En cada esquina encontramos a los nuevos profetas, quienes proclaman la felicidad afirmando que quien no es feliz es culpable de su condición, pues la alegría es tan abundante como el aire que respiramos, por tanto, basta desear la felicidad para que ésta llegue a nosotros y nos impregne como el más denso perfume. De ahí que andemos disfrazados de optimismo, complementando nuestro atuendo con amuletos contra “la mala vibra”, contra esos “otros” que no han verificado su emisión de contaminantes y amenazan con obstruir nuestro proceso de “atracción” de las energías positivas.
Detrás de este primer plano se despliega la condición humana, ese universo al cual la piel hace frontera, donde hierve la subjetividad combatiendo a cada instante para intentar engranar sus fuerzas con ese afuera, esa realidad plagada de estímulos, riesgos y otros cuerpos con su respectiva subjetividad. La conciencia de nosotros mismos, es un don paradójico obsequiado por la evolución, saber que estamos, pero sobre todo saber que somos, nos motiva a desear que de ese ser emanen formaciones, creaciones que nos confirmen o que impacten en los otros. Pero la misma conciencia nos lleva a  visualizar nuestra finitud, a ubicarnos en pasado y futuro, sumados a un presente que se nos escapa perpetuamente. Nuestra relación con el tiempo nos empuja a la obsesión por vivir, haciendo de la vida algo extraordinario cuando en realidad es algo dado, a diferencia de los animales no humanos, nosotros condicionamos la existencia a ciertos criterios que nos llevan a calificarla de buena o mala.
Síntoma de la aspiración a la felicidad perpetua, los yonkis mutan en happy face, se burlan del esfuerzo, hacen de su limbo un Parnaso, seducen a musas inventadas por ellos, ensoñando una vida asombrosa, pero el tiempo les muestra su creación, un cráter tallado por su girar sobre sí mismos:

Fernando, la noche que murió, mirándome fijamente, dijo:
«Respirar… Un día más.»«Respirar… Un día más»…
Fernando decía que lo que aprendió en sus últimos diez años de vida cabía
en una caja de cerillas.

Ahogado en drogas, angustia y paranoia; solo, no por voluntad, sino por la extinción de su mundo, García-Alix se curó en el encuentro:

Mordí el corazón de un pájaro…
Pero mi alma mira. Mira hacia delante.
Se busca a sí misma. Se busca a sí misma.
Hoy con Laoda y mañana en otros ojos.
La magia de la vida es el encuentro.
El encuentro nos mueve. Nos posiciona… Nos acerca.

       Sus fotografías congelaron el tiempo, pudo ser dios de manera intermitente, en los momentos donde el disparo de su cámara abría su ojo para  alojar la memoria. García-Alix, abandona la mística de la épica destructiva para entregarse al éxtasis de las luces y sombras, a la mística de la imagen, la cual es aún ficticia, pero es más tangible y duradera que los arrebatos por heroína. Las siguientes líneas de Alberto García-Alix, son las que acompañan el último acto de su video, es una cita extensa, pero fragmentar el texto implicaría romper su maravilloso ritmo, sería negarle a la lectora o al lector de este escrito, arribar Al otro lado de la vida… De donde no se vuelve por la vía construida por el fotógrafo, quien nos obsequia estas explosiones de subjetividad y nos invita a pensar en nuestra propia vida, a inventariar las fotografías que nos llevan  una y otra vez adonde no volvemos, a los momentos en que habitamos  cavernas, a periodos sórdidos donde hicimos de la autodestrucción nuestra mística y del dolor nuestra ceremonia sagrada. Regresar a ese otro lado de la vida, simplemente para sonreír por sabernos todavía vivos y ponernos menos serios pues hagamos lo que hagamos, nuestros retratos serán en cien años, como dice García-Alix, los de un cadáver.    
       Recomiendo acompañar la lectura con la pieza Like a dream del genial Zbigniew Preisner: http://www.youtube.com/watch?v=PA97WPmdJZY


No puedo tener una mirada inocente. Mi intención nunca es honesta.
Es maliciosa. Es maliciosa.
Recojo ecos vivos de lo que vieron mis ojos.
Recojo ecos vivos de lo que vieron mis ojos.
Poseer presencias me excita. Me alimenta.
En esos momentos ni yo me conozco.
Fotografío lo vivo como ya muerto, con la intencionalidad de un forense y…Fotografío lo vivo como ya muerto, con la intencionalidad de un forense y…
¡Ahí te quiero ver! No es fácil.¡Ahí te quiero ver! No es fácil.
Un juego masoquista, atrapar mi suspiro en la foto.
La fotografía se asienta en la fe de lo que es visible. La fotografía se asienta en la fe de lo que es visible.
Por tanto, el suspiro no puede verse pero fotografiar me obliga a encontrarlo. Por tanto, el suspiro no puede verse pero fotografiar me obliga a encontrarlo.
A multiplicar lo que miro. A multiplicar lo que miro.
Jugar con el exceso de ver y de verme…
Delimito el espacio.
Decido el cómo y el dónde mirar. Decido el cómo y el dónde mirar.
Mirar por la cámara protegiéndome y encerrándome por fin en mí mismo.
Tras la cámara me convierto en un cíclope.
Un único ojo anhelante. Un único ojo anhelante.
La toma fotográfica me lleva al trance…
¡Ah! ¡Cazar el momento!
Apropiarme de ese algo más que busco…
Apropiarme de ese algo más que busco…
¡Poseer…!¡Poseer…!
Sí, poseer con malicia. Intencionadamente.
Me muevo en la noche intentando iluminar mi sombra.
Si ayer fotografiaba silencios, hoy fotografío mi propia voz.
Este viaje tejido sobre una memoria de luces, destellos, ilusiones ópticas,
persigue una revelación.
Un puente.
Un puente sobre el abismo. Un renacer constante.
El aliento.
Una vez más una convulsión me agita…
La tensión de un anhelo eternamente insatisfecho conduce mis ojos.
Los detiene…
Sombras rotas… Letras chinas…
Fundido en ellas redimo los reproches del destino…
Me consuelo…
Un ajuste de cuentas: 214 x 1 = 317.
Camino bajo farolillos rojos...
Nietzsche dijo que no hay mundo sin espejo.
Un espejo para desnudar el alma.
La escenografía visible de un sentimiento al compás de mis emociones.
Hoy tengo la conciencia de que una forma de ver es una forma de ser.
Soy fotógrafo.
La fotografía es el espacio donde imaginarme.
En la fotografía, destino y presente sueñan en el latir de un fragmento de tiempo,
un permanente pasado.
Un permanente pasado…
No hay retorno posible.
Con las fotografías un mar de recuerdos se despierta.
Se agita. Se encrespa…
Fotos y más fotos que dejan tras de sí un eco. El eco de mis pasos.
La fotografía es un certificado de presencia... De ausencia.
La fotografía es iconografía de muerte. Está en su naturaleza.
En ella ya no somos como somos. Somos como éramos…
Ciertamente en la fotografía hay un elemento fatalista.
En cien años todos calvos. Quiero decir que una colección de retratados
es una colección de futuros cadáveres.
La fotografía es un poderoso médium.
Nos lleva al otro lado de la vida.
Y allí, atrapados en su mundo de luces y sombras,
siendo sólo presencia, también vivimos.
Inmutables. Sin penas. Redimidos nuestros pecados.
Por fin domesticados… Congelados.
Al otro lado de la vida... De donde no se vuelve.

martes, 15 de mayo de 2012

La red de la crueldad se teje entre la obediencia y la indiferencia

Les comparto mi reiterado deleite por sentarme a la mesa de las palabras junto con un magnífico grupo de comensales en la revista "La Otra Gaceta".  Participo con el texto La red de la crueldad se teje entre la obediencia y la indiferencia, donde presento mi perspectiva de la crueldad acompañado de autores como Sontag, Lèvinas, Maquiavelo, Gramsci, Patocka, Bauman, entre otros. Tras una disertación, concluyo que  "actuar éticamente implica, en muchas ocasiones, actuar con desobediencia", pues la crueldad, que es exclusivamente humana, ha tenido sus expresiones más siniestras  al amparo de autoridades legitimizadas.
El link es el siguiente:

http://www.laotrarevista.com/2012/05/la-crueldad-juan-pablo-brand/#more-2844

miércoles, 9 de mayo de 2012

En el nombre del Padre, darse en la Madre


       Estación ausente, voz silenciosa, sosegada turbulencia, caótica armonía, ensueño real, indicio oculto, espíritu material, distinguida humildad, niño viejo, fervoroso agnóstico… en fin, mi padre es un oxímoron al cual decidí amar, pues en su tránsito por los opuestos me obsequió la libertad al manifestar su inconformidad y su resistencia a la hegemonía. Su dinamismo óntico es tan perceptible que prescindo de la comprensión para acceder a él.
       No así con mi madre, firme como el andar del tiempo, coherente constelación, adulta desde la cuna. Quieta cual sol, contempla el movimiento de los otros anclada en su privilegio gravitacional. Se tutea con Dios y en su diálogo se lamentan por las debilidades humanas, pero aún en su complicidad con lo divino, no toca la santidad, odia los escenarios, por tanto se esfuerza por no trascender lo suficiente como para merecer un nicho o un altar, nada le resultaría más incómodo que ser observada perpetuamente por miradas fervientes, ávidas de consuelo, rogadoras de subsidio celestial.
       Mi madre es un misterio en cuya sombra me constituí, la amé desde el principio, por lo que a diferencia de lo sucedido con mi padre, con ella tuve que aprender a moderar mi amor para lograr la transgresión, pues con una madre tan extensa la diferenciación sólo es posible al margen de sus leyes. Cuando se tiene tan cerca una supernova, el riesgo de quedar atrapado en su órbita es permanente, tras prolongadas batallas en los campos del corazón y el lenguaje, me constituí en cometa, de tal manera que cruzo frente al sol y entre las órbitas pero no me detengo, por eso no soy el que se va sino el que no ha llegado.
      Mi madre me regaló la fuerza, la libertad conlleva soledad, y la soledad sólo es soportable cuando uno desciende de los brazos maternos, cuando  emerge de la matriz para construir su heteropía, su otro lugar. Chevalier y Gheerbrant nos dicen que el simbolismo de la madre “se relaciona con el de la mar, como también con el de la tierra, en el sentido de que una y otra” son receptáculos y matrices de la vida, “en este símbolo de la madre se encuentra la misma ambivalencia que el del mar y la tierra: la vida y la muerte son correlativas. Nacer es salir del vientre de la madre; morir es retornar a la tierra. La madre es la seguridad del abrigo, del calor, de la ternura y el alimento; es también, por el contrario, el riesgo de opresión debido a la estrechez del medio y al ahogo por una prolongación excesiva de la función de nodriza y de guía: la genitrix devorando al futuro genitor, la generosidad tornándose acaparadora y castradora”.
       El amor al padre es una elección, el amor a la madre es una ratificación. Quien no se ha cuestionado el amor a su madre, no sabrá si lo que experimenta es amor por la persona o una inercia impulsada por el temor al abandono. Para ser en el mundo es necesario darse en la madre, impactar las representaciones de nosotros mismos emanadas del vínculo con la madre en el muro del padre, símbolo de la ley, de la organización allende el universo familiar. Ser genitores, creadores de nueva vida, tanto biológica como imaginaria o simbólica, implica dejar el posicionamiento de hija e hijo, de otra manera no hay creación sino duplicación. Renunciar a ser a toda madre, es decir, tener poca madre, nos evita muchos desmadres. 
Los autores antes citados refieren: “El padre no sólo es el ser que queremos poseer o tener; sino también el que queremos poder llegar a ser, el que queremos ser o valer. Y este progreso pasa por la vía de supresión del padre ‘otro’ hacia el acceso al padre ‘yo mismo’. Tal identificación con el padre entraña el doble movimiento de muerte (para él) y de renacimiento (para mí). El padre pues subsiste siempre como una imagen permanente de trascendencia, que sólo puede aceptarse  sin problema con un amor recíproco de adulto”.
Esto es, la madre nos da la fuerza para vincularnos, para amar, es la plataforma del ser. El padre despliega el horizonte de lo que podemos ser, es palabra que nos permite establecer acuerdos de convivencia. La mirada de la madre impulsa el enamoramiento, la voz del padre la continuidad del amor.  La madre es fascinación, el padre convicción. La madre es principio, el padre es fin.
Madre y Padre deben morir como genitores para renacer como referentes de reciprocidad, seres dialogantes con sus ancestros y descendientes, eslabones entre los vivos y los muertos, memoria retrospectiva y prospectiva. La mejor herencia es una historia compartida donde los miembros de un grupo puedan dar sentido a sus creaciones y facilitar el intercambio simbólico con otros grupos.

miércoles, 25 de abril de 2012

El concierto del dolor: lo somático, lo psíquico y lo óntico



En la tradición musical un Concierto es una composición escrita regularmente para un instrumento y se divide en tres movimientos. El presente escrito tiene como instrumento al dolor y se divide en los siguientes movimientos: Dolor somático, dolor psíquico y dolor óntico. Esta división parte de la concepción de Sigmund Freud sobre el sufrimiento, la cual expone en su texto El Malestar en la cultura (1930/1990):

Desde tres lados amenaza el sufrimiento; desde el cuerpo propio, que destinado a la ruina y la disolución, no puede prescindir del dolor y la angustia como señales de alarma; desde el mundo exterior, que puede abatir sus furias sobre nosotros con fuerzas hiperpotentes, despiadadas, destructoras; por fin, desde los vínculos con otros seres humanos. Al padecer que viene de esta fuente lo  sentimos tal vez más doloroso que a cualquier otro (p.77).

El sufrimiento desde el cuerpo, correspondería al dolor somático; el que surge de los vínculos con otros seres humanos, es el dolor psíquico y finalmente, el que abate desde el mundo exterior, lo nombro dolor óntico.

 Esta es la entrada a un artículo que me publicaron en la revista electrónica La Otra Gaceta, dirigida por José Ángel Leyva, para ver el texto completo puedes seguir el siguiente link:

miércoles, 21 de marzo de 2012

Ojos bien cerrados, el deseo náufrago como causa de la pareja histérica-obsesivo



¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Pedro Calderón de la Barca, La vida es sueño


Gracias... por ser sobre todo, mujer, cada noche  un misterio.

José María Cano, Enfrentarnos de nuevo a la vida


En el confín de lo evidente, azotan las olas de la subjetividad, siendo perceptibles solamente su espuma y algunos restos arrastrados desde sus abismos.  Lo insondable de la vida psíquica del otro concentra excesivamente nuestra atención en sus actos, a partir de los cuales pretendemos escudriñar sus motivos más profundos, pero no se requiere ser psicoanalista para saber que los actos humanos pueden ser tan ficticios como el delirio más embotado. En Relato soñado, Arthur Schnitzler, confronta diversos clichés de la vida en pareja, particularmente de la infidelidad, la cual suele ser percibida exclusivamente como un acto, supuesto erróneo, pues desde el siglo XIX, cuando los Románticos abrieron las arcas de los sueños y las fantasías humanas, el acto infiel abandonó su protagonismo para agregarse a un menú de alternativas. Ahora, en los tiempos de redes sociales, cibersexo y avatares, la Lealtad, observancia de la fe que alguien debe a otra persona, que es como la Real Academia de la Lengua Española define la fidelidad, es casi una subversión.
La narración de Schnitzler es atravesada por dos experiencias, una soñada y una vivida. Todo inicia en un baile de Carnaval, durante el cual Fridolin y Albertine se ven enfrentados con circunstancias que tambalean su aparente estabilidad  y súbitamente  están dispuestos a buscar sexo con personas recién conocidas. Fridolin ve frustradas sus intenciones por la desaparición de las mujeres y Albertine huye asustada, sin embargo, el impulso permanece y llegando a  su hogar  lo desfogan en un encuentro de pieles con una pasión  que hace tiempo no experimentaban. El recuerdo de esta noche los lleva a la certeza de que lo sentido  durante el baile no se generó espontáneamente sino que tiene un precedente, en el que los dos se saben implicados. Encuentran en su memoria común un viaje a Dinamarca, durante el cual, al igual que en el baile, estando a unos metros una de otro, uno de otra, visualizan en su entorno personas que despiertan automáticamente su deseo de vivir un encuentro sexual y si resulta posible, virar su vida para liarse  con una pareja diferente.
Tras la conversación con Albertine, las defensas de Fridolin se debilitan, el diálogo sostenido lo llevó a verbalizar lo que durante varios años había sido  pensamiento y probablemente había podido revivir sólo en sueños, el encuentro con aquella muchacha en las playas danesas. Fridolin sale de casa e inicia un viaje nocturno es pos del cumplimiento de su deseo. El primer encuentro es con la recién huérfana, Marianne, la cual junto al cuerpo del padre muerto le declara su amor, Fridolin quien se encuentra ahí en su condición de médico, deja a un lado su ubicación profesional para entregarse al pensamiento de que Marianne tendría un mejor aspecto si fuera su amante. Tras la declaración de la joven, su primera reacción fue mirar de reojo al padre en el lecho, imagen que atrajo el recuerdo de “una novela que había leído hacía años y en la que un hombre muy joven, casi un muchacho, era seducido y, realmente, violado junto al lecho de muerte de su madre, por una amiga de ella. En ese mismo instante, sin saber porqué, tuvo que pensar en su propia mujer”, Fridolin es lanzado a una escena de connotaciones edípicas, un padre muerto y una mujer declarándole su amor, tras lo cual recuerda  la novela y piensa inmediatamente en su esposa, sintiendo rencor por el hombre danés que inspiró las fantasías de Albertine. Al actualizar los fantasmas del pasado, la excitación se vuelca en repugnancia por la mujer y se siente liberado cuando suena el timbre anunciando la llegada del prometido de Marianne.
El segundo encuentro es con una prostituta. Al entrar en su habitación, su primer pensamiento es “Naturalmente, no voy a tocarla”, que resulta paradójico, pareciera que el doctor se está justificando ante alguien que lo observa, mostrándose ofendido ante una situación que él eligió voluntariamente. La mujer se desnuda e intenta besarlo, pero él la rechaza argumentando cansancio, sin embargo, cuando la muchacha finalmente dimite en su intento de seducirlo Fridolin reacciona cortejándola “como a una mujer amada”, ante lo cual ella se resiste, él siente vergüenza y abandona sus intenciones.
El tercer encuentro es con una joven en una tienda de disfraces, la cual es asediada por dos hombres vestidos de monjes frente a la mirada cómplice del padre, a quién el protagonista convoca a ejercer la ley para detener la acción. Finalmente consigue su disfraz de monje, el cual es requisito para ingresar a una fiesta clandestina de la cual ha sido enterado por su amigo músico.
Llega a la fiesta a la que ingresa utilizando una palabra que ya en otra ocasión había roto sus defensas ante su deseo: “Dinamarca”. La diferencia es que ahora puede ocultarse bajo una máscara, al tiempo que puede encubrir a los personajes de la escena, como sucede en los sueños, en los cuales se desplazan representaciones conflictivas a otras más amables. La fiesta resulta ser una ceremonia orgiástica, una bacanal en toda su expresión. Una mujer cuya única cubierta es una máscara, se le acerca y le advierte que se retire, su mirada lo ha delatado, en el universo de la perversión el goce es imperativo por tanto no cabe el brillo del deseo, el perverso se burla del límite y reconoce inmediatamente el gesto conflictuado del obsesivo donde combaten el impulso y la culpa. Pero es tarde y el código del consorcio orgiástico cobra con sangre las intrusiones, particularmente de los neuróticos que con su culpa se escandalizan y pretenden regresar todo al orden de lo razonable. La mujer enmascarada se ofrece como víctima sacrificial para salvar a Fridolin, no es un acto de compasión, es gratitud frente al ser humano que la ha mirado impregnándola de subjetividad, la ha liberado de su estado cosificado y por tanto puede morir como sujeto.
Mientras esto sucede, Albertine sueña, inaugura el sueño con un desplante histérico, se coloca “como una actriz en el escenario”, sus padres la han dejado sola a pesar de que su boda se acerca, busca en el armario su vestido de novia y encuentra ropas de carnaval, pareciera que le resultan más atractivos los placeres carnavalescos que las tribulaciones del matrimonio.  Aparece Fridolin vestido suntuosamente portando un puñal de vaina de plata en el costado, como una representación se su pretendido lugar fálico. Posteriormente ingresan a un claro  rodeado por tres lados de bosque y una pared rocosa que a diferencia del bosque es un obstáculo  infranqueable, esta distribución permite el acceso al claro pero se requiere franquear la barrera, la descripción en el contexto del sueño hace pensar en una imagen de la intimidad de Albertine. Se dan un abrazo intenso pero melancólico y tras una noche de placer Albertine encuentra que ella y Fridolin están desnudos y experimenta una fuerte sensación de vergüenza que amenaza con la aniquilación, son Adán y Eva descubriendo su desnudez, tras haber comido del árbol del conocimiento del bien y del mal. No solamente siente vergüenza sino también cólera hacia Fridolin a quien culpa de haber puesto a la luz su deseo, desde su condición histérica se recrimina dejar el lugar privilegiado de ser causa de deseo de todos, para materializarse en el deseo de uno y hacer explícito su propio deseo, hecho que vulnera su poder de atracción. Fridolin se siente obligado a ir a una ciudad  “sepultada tiempo atrás y para siempre” a conseguir vestidos y junto con ello “todas las cosas hermosas”, es como un retorno al pasado infantil al cual debe ir a buscar las defensas para cubrir lo que debe quedar fuera de escena, lo obsceno, pero también  encontrar todos los deseos que puedan caber en un bolso de cuero amarillo, en donde mágicamente caben todos.
Con la ausencia de su esposo, Albertine parece olvidar la vergüenza y desnuda entona un bello canto el cual desea que escuche toda la ciudad. Tumbada al sol, con la certeza de ser más bella que nunca, vislumbra a un hombre similar al danés, quien pasa a su lado y la saluda cortésmente, su objetivo parece ser la pared rocosa. La protagonista tiene conocimiento de que el danés ha recorrido todo el mundo, el personaje repite una secuencia compulsivamente, entra al claro por el bosque, saluda a Albertine, observa la pared y desaparece, “dos o tres, o cien veces”. Finalmente se detiene y la mira inquisitivamente, ella ríe seductoramente, como nunca, y cuando él extiende sus brazos ella intenta huir más no puede y el hombre cae sobre ella, se hace presa de su propia estrategia histérica. Se ha consumado el deseo, el bosque y la pared han desparecido, ahora se encuentra en una llanura llena de flores, ya no hay barreras, el hombre se encuentra a su lado junto con mil más, Albertine no sabe cuantos de ellos han visitado su cuerpo, se hace claro su deseo, ella no quiere a un hombre, quiere a todos los hombres o al menos al hombre que represente a todos los hombres, esto es, aquel al que todas las mujeres deseen.
En tanto, Fridolin ha sido apresado bajo el poder de una princesa quien está por decidir si lo sentencia a muerte o lo absuelve, para esto último  tan solo pone como condición que Fridolin se convirtiera en su amante, al negarse es condenado a ser azotado y crucificado. Albertine reconoce en la princesa a la muchacha de la playa danesa, necesita que Fridolin sea deseado por las otras mujeres, que mejor si esto incluye a una princesa, pues de esta manera ella se coloca en la posición con mayor poder entre los humanos, el de objeto de la envidia. Pero como Fridolin no cumple con el perfil, debe ser castigado, crucificarlo es demostrar el costo de frustrar a una histérica. 
Albertine y Fridolin conforman  la conocida pareja de histérica y obsesivo, cuya posición frente al deseo puede producir el encuentro o la decepción. Mientras la histérica se dirige hacia su deseo el cual es ser ella misma EL objeto de deseo, el obsesivo lo rehúye, lo rodea, lo escudriña, en fin, vive en su prosecución pero no logra reconocerlo, aún teniéndolo frente a él.
La madrugada saluda el regreso de Fridolin y el despertar de Albertine, ella le narra su sueño tras lo cual él decide dormir un momento. Al despertar, sale a la calle con una idea que lo atormenta, desea vengarse de la crucifixión a la que su esposa lo condenó, va tras las huellas de su experiencia nocturna, encuentra los restos de cada uno de sus pasos, busca a las mujeres que lo acompañaron la noche anterior para consumar ahora sí su deseo, le resulta inconciliable que Albertine lo haya minimizado como amante. Como le suele suceder al obsesivo, llega tarde al deseo, cuando las condiciones para cumplirlo se han desdibujado. Marianne ha decidido casarse e irse a vivir con su prometido, la joven de la tienda ha consumado el acto amparada por su padre, la prostituta y la mujer de la fiesta parecían ser la misma persona y se ha suicidado, o quizá la hayan ayudado a morir. En medio de su búsqueda recibe una carta en la que se le advierte que abandone sus pretensiones: “Renuncie a sus investigaciones, que son absolutamente inútiles, y considere estas palabras como una segunda advertencia. Por su propio interés esperemos que no sean necesarias más”.
Fridolin renuncia a su objetivo y se dirige a su casa. Llega a su hogar con la intención de contarle a Albertine todo lo vivido como si fuera un sueño, y una vez comprendido el recorrido le confesaría que había sido realidad, ante lo cual se pregunta: “¿Realidad?”, al tiempo que ve junto al rostro dormido de Albertine, es decir, en el lugar que le corresponde en la cama, la máscara que utilizó la noche anterior, el objeto que supuestamente debía resguardar su identidad lo había delatado. Decidido a contarle todo a su esposa perdió súbitamente las fuerzas e hincado junto al lecho llora silenciosamente ahogando sus gemidos en los almohadones, pareciera que ante sí se hubiera develado una verdad, su imposibilidad de alcanzar su deseo que Albertine lo hubiera descubierto. Ella despierta y le acaricia los cabellos, él le cuenta todo necesitado de expiación y Albertine, serena aún tras ser visitada por mil hombres en su sueño, le concede el perdón:

-       ¿Qué vamos a hacer Albertine?
Ella sonrió y, tras una breve vacilación, repuso:
-       Dar las gracias al Destino, creo, por haber salido tan bien librados de todas esas aventuras… de las reales y las soñadas.
-       ¿Estás segura? – le preguntó él.
-       Tan segura que sospecho que la realidad de una noche, incluso la de toda una vida humana, no significa también su verdad más profunda.
-       Y que ningún sueño – suspiró él suavemente – es totalmente un sueño.
Ella cogió la cabeza de él entre sus manos y la apoyó cariñosamente contra su pecho.
-       Pero ahora estamos despiertos – dijo – para mucho tiempo.
Para siempre, quiso añadir él, pero, antes de que pronunciara esas palabras, ella le puso un dedo sobre los labios y, como para sus adentros, susurró:
-       No se puede adivinar el futuro.

jueves, 8 de marzo de 2012

Ojos bien cerrados: un lazo onírico entre Kubrick, Schnitzler y Freud


-       ¿Qué vamos a hacer Albertine?
Ella sonrió y, tras una breve vacilación, repuso:
-       Dar las gracias al Destino, creo, por haber salido tan bien librados de todas esas aventuras… de las reales y las soñadas.
-       ¿Estás segura? – le preguntó él.
-       Tan segura que sospecho que la realidad de una noche, incluso la de toda una vida humana, no significa también su verdad más profunda.
-       Y que ningún sueño – suspiró él suavemente – es totalmente un sueño.
Ella cogió la cabeza de él entre sus manos y la apoyó cariñosamente contra su pecho.
-       Pero ahora estamos despiertos – dijo – para mucho tiempo.
Para siempre, quiso añadir él, pero, antes de que pronunciara esas palabras, ella le puso un dedo sobre los labios y, como para sus adentros, susurró:
-       No se puede adivinar el futuro.

Arthur Schnitzler, Relato soñado


Albertine baila con un hombre que no es su esposo, él la mira con la penetrante seguridad del millonario maduro e ilustrado al tiempo que cita fragmentos del Arte de amar  de Ovidio, los pies danzan sobre la superficie de un elegante salón neoyorkino al ritmo del espléndido Vals No.2 de Dmitri Shostakovich. El largometraje apenas iniciaba y ya me había entregado incondicionalmente en las manos de Kubrick.
Fotografía, sonidos, diálogos, actuación, movimientos de cámara y música;  son algunos de los elementos que le dan vida a una película. El arte de un director es conjuntarlos en una obra para lograr tonos cuyo vibrar movilice las cuerdas existenciales de los espectadores. Pocos son quienes pueden ostentar más de un largometraje genial, contados los que su obra es atravesada por la luz del ingenio. Stanley Kubrick es uno de ellos. Ojos bien cerrados (Eyes wide shut, 1999) fue su legado póstumo a la humanidad, puesto que antes de concluir la edición, sus propios ojos se clausuraron para siempre.
Con una magistral dirección, al grado de lograr una buena actuación de Tom Cruise, Kubrick llevó a la pantalla una novela de Arthur Schnitzler. Confieso que cuando vi el nombre en los créditos nada me dijo. Tiempo después, en el año 2000, al estar releyendo uno de los cinco casos clínicos publicados por Freud, el de Dora (1905), el nombre del autor brotó de la nota pie de página número 33, lo cual sacudió mi atención, mi creencia era que el escritor era contemporáneo. Decidí iniciar una sucinta investigación la cual me llevó al descubrimiento  de que dicho autor fue coetáneo de Freud, que compartieron patria y tiempo, Schnitzler nació en Viena en 1862, era seis años menor que Freud y murió en 1931, ocho años antes que el psicoanalista.
Freud lo cita en cuatro de sus obras y su nombre aparece también referido en las biografías escritas por Jones y Gay. Mi impresión se intensificó cuando revisando un texto en una librería (Por el amor a Freud o la otra ronda de Diane Chauvelot), encontré fragmentos de dos cartas escritas por Freud a Schnitzler, a las que por cierto, el novelista no respondió. Cito dos selecciones, los cuales me parecen muy reveladoras, la primera es de una carta escrita el 8 de mayo de 1906, dos días después del onomástico número cincuenta del psicoanalista, fecha sumamente significativa para el supersticioso investigador, quien había cargado por varios años con la profecía de su antiguo amigo, Wilhelm Fliess,  de que moriría a los cincuenta años, certeza que se sustentó en unos cálculos elaborados bajo una de las tantas erráticas teorías de Fliess. Freud vivió hasta los ochenta y tres años, dieciséis de ellos enfermo de cáncer. Fliess murió de setenta.
La epístola dice así:

A menudo me he preguntado con asombro cómo había llegado usted a tal o cual conocimiento íntimo y secreto que yo había adquirido sólo después de una prolongada investigación sobre el tema, y, finalmente, llegué a envidiar al autor a quien antes admiraba…

  El segundo fragmento corresponde a una carta escrita el 14 de mayo de 1922, nuevamente días después de su cumpleaños, ahora el sesenta y seis y meses antes de ser diagnosticado con cáncer de paladar e inaugurar una ruta de dolor que atravesará por treinta y tres cirugías:

Querido doctor Schnitzler:
Tengo (…) que hacer una confesión, que le ruego no divulgue ni comparta con amigos o enemigos. Me he atormentado a mí mismo preguntándome por qué en todos estos años jamás había intentado que trabáramos amistad ni charlas con usted (ignorando, naturalmente, la posibilidad  de que no hubiera acogido bien mi intentona). La respuesta contiene esta confesión, que me parece demasiado íntima. Creo que lo he evitado porque sentía una especie de reluctancia a encontrarme con mi doble. No es que me sienta normalmente inclinado a identificarme con otra persona, ni que deje a un lado la diferencia de talento que me separa de usted, pero siempre que me dejo absorber profundamente por sus bellas creaciones paréceme hallar, bajo su superficie poética, las mismas anticipadas suposiciones, interés y conclusiones, que reconozco como propios.

     Leer este fragmento me dejó perplejo, el Professor Sigmund Freud, para ese momento mundialmente famoso, fundador de un pensamiento que guiaría las aspiraciones occidentales al menos los siguientes cincuenta años, cuyo desprecio había arrojado ocho años antes a un episodio de psicosis al gran Carl Jung, Pater Auctoritas de un movimiento internacional que le atraía pacientes de todo el mundo, en fin, en el momento en que el psicoanalista había grabado ya su apellido en los muros de la Historia, voltea a ver a Schnitzler, para expresarle, de manera más retórica que en la primera ocasión, su envidia, pues el doble que Freud reconoce, no es el duplicado, sino el doble de la falla narcisista, esa imagen que a todas y todos nos persigue mostrándonos nuestro ser aspiracional aún en las cimas del éxito. Es importante aclarar que si bien las dimensiones de la ciudad de Viena no eran muy amplias, el encuentro no era necesariamente sencillo, puesto que de 1870 a 1910 su población aumentó de 840,000 a 2,000,000 de habitantes, se convirtió en la capital política y cultural de Europa, y la genialidad parecía contagiosa, pulularon grandes pensadores, políticos y artistas que renovaron la cultura occidental, privilegio que conservó hasta la primera guerra mundial, tras la cual se desquebrajó el Imperio Austro-Húngaro, y la capital de Europa pasó a París, focalizando su parcela cultural en el salón literario de  Gertrude Stein.
      Aquel nombre que vi en los créditos de la película de Kubrick correspondía al del gran escritor vienés. Por lo que se deduce de las cartas, la envidia de Freud frente a este narrador, es que mientras él tuvo que recorrer un largo y riguroso camino por las sendas de las ciencias para arribar al psicoanálisis, Schnitzler, sostenido solamente en su intuición de escritor, lograba los mismos resultados. Esto no es del todo cierto, intenso como solía ser, aún en sus años de madurez, Freud parece dejar de lado que Arthur Schnitzler, al igual que él, estudió medicina y fue posteriormente que centró su interés en la escritura. Pero la envidia es un cuchillo que cercena la realidad para retroalimentarse.
      Tras tener conocimiento de todo lo referido en  las líneas previas, no podía no leer una novela de Schnitzler, busqué sus obras en diversas librerías y no conseguí nada. Pasado un tiempo encontré en la mesa de novedades un libro con una etiqueta agregada que con grandes letras anunciaba que era la fuente original de la historia de la película Ojos bien cerrados, y efectivamente el autor era Arthur Schnitzler (1926), y el título del libro fue traducido como Relato soñado, del original Traumnovelle, que significaría algo así como Una historia sobre sueños, si le creemos a los traductores en línea. No dudé ni un instante en adquirirlo y en cuanto pude comparé el título original en alemán con el de La interpretación de los sueños de Freud, Die Traumdeutung, y aunque era totalmente predecible la coincidencia, sentí una intensa satisfacción. Leí la novela y me agradó el hecho de que Kubrick hubiera respetado casi en su totalidad la historia original, trasladándola de la Viena de la tercera década del siglo XX al Nueva York de los noventa.
      Dejo pendiente para la siguiente publicación, el análisis de la novela, buscando la fuente de la envidia de Freud, la cual comprendo, pues la historia es maravillosa, su lectura nos muestra como el sueño histérico complace más que el acto obsesivo, nos lanza a un terreno donde las fronteras entre lo onírico y lo real son borrosas, nos coloca como voyeuristas del escenario donde se representan los bordes que tocaríamos si pudiéramos actuar sin ser reconocidos. En fin, nos encontramos frente a una nueva excepción, una película inspirada en un libro, donde tanto una como el otro son magistrales. 

miércoles, 8 de febrero de 2012

Sinfonía para tres M’s: Mujeres, Masoquismo, Murakami


Arrastrándose gozosamente por el dolor,
su presencia ha mutado en manantial de violencia,
ciega a toda ternura, sólo reconoce el amor
que le mancilla la piel y le escupe el espíritu.

En su glosa, el abuso es un riesgo indispensable,
se burla de la suavidad de un roce,
su ritmo es el vértigo, su placer el escalofrío,
el sosiego la amedrenta más que el puño.

“Mierda”, vocifera a diestra y siniestra.
Nacido del fastidio,
su dicho le vuelve como invocación,
atrayendo pura bosta a su cama.

Al amanecer, languidece ante el recuento de los daños,
unas lágrimas humedecen recuerdos de infancia,
sobre los cuales cae la cortina de ese lascivo rostro.
El retorno  de aquellas manos vulnerándola
e impregnándola con su viscoso aroma,
renuevan el antiguo estremecimiento
que impulsa a su cuerpo a representar incesantemente
la imperiosa escena sacrificial.

Los goznes del dolor, Juan Pablo Brand (2012)


El asesinato se produjo así: quizá se encontró con un desconocido en la ciudad, fueron a tomar una copa juntos y entraron en un hotel. Luego iniciaron los elaborados juegos sexuales en aquella habitación cerrada y obscura. Esposas, mordazas, vendas… El hombre estrangulaba el cuello de las mujeres con la cinta de albornoz y, viendo cómo se retorcían de dolor, se excitaba y se corría. Pero en esta ocasión apretó la cinta con demasiada fuerza, y no la soltó a tiempo.
Ayumi misma debía de temer  que algún día ocurriera aquello. Periódicamente necesitaba relaciones sexuales extremas. Su cuerpo –y es probable que también su mente- se las pedía. Sin embargo, no quería un novio formal. Las relaciones fijas la ahogaban y le provocaban inseguridad. Por eso de vez en cuando hacía el amor con desconocidos. Las circunstancias eran bastante similares a las de Aomame. Sólo que Ayumi tendía a ir más allá que Aomame. Ayumi prefería el sexo libre y con riesgos, y seguro que inconscientemente deseaba que la hirieran. Al contrario de Aomame. Aomame era cautelosa y no se dejaba herir por nadie. Si alguien lo intentara, se opondría violentamente. Pero Ayumi se prestaba a todo lo que la otra persona le pedía, fuera lo que fuera. Esperaba que a cambio le ofrecieran algo. Era una tendencia peligrosa…
Al final los temores de Ayumi se habían hecho realidad…

Mucho se ha criticado el obsesivo detallismo en la narrativa de Haruki Murakami, quizá para quienes gustan de la economía cognitiva esto es un problema, sin embargo, mi mente clínica agradece profundamente sus amplias descripciones, particularmente cuando se detiene en los perfiles psicológicos de los personajes, los cuales constituyen el plato fuerte de su libro 1Q84. 
        Aomame y Ayumi, dos jóvenes viviendo el periodo donde las mujeres experimentan la plenitud de su belleza, la década entre los veinte y los treinta es una etapa donde poseen el poder físico para atraer súbita e irracionalmente a hombres y mujeres, lo cual les confiere un temporal dominio sobre los otros y por tanto la posibilidad de hacer prevalecer sus requerimientos. Las mujeres que sostienen su devenir exclusivamente en la belleza, ven este poder mermarse paulatinamente al paso de los años, dedicando el resto de sus vidas a mirar compulsivamente imágenes de sí mismas añorando glorias pretéritas, intentando retornar a “sus mejores años” a través del cuerpo de sus hijas o, si tienen recursos, habitando en quirófanos bajo la promesa de los cirujanos plásticos de encontrarse en la fuente de la eterna juventud.
        En el caso de nuestras protagonistas, este poder lo orientan al cumplimiento de sus imperativos masoquistas. Su atractivo y juventud les permiten hacer de cualquier bar su semillero para reclutamiento y selección. Aomame prefiere hombres maduros, particularmente calvos. Ayumi valora el vigor de los jóvenes. Pero las dos se ven impulsadas por el deseo de representar una escena, su escena, de ahí que la identidad de los varones sea un elemento secundario y el lenguaje, el eje simbólico, solamente sea un recurso para sellar el contrato de anonimato, estipulación facilitada por los gustos de Aomame, pues sus parejas son casi siempre hombres casados, en viaje de negocios, quienes agradecen el furor del encuentro para después volver a sus vidas de familia.
 Aomame y Ayumi se entregan a fantasías de empoderamiento sobre los hombres, dejando de lado el hecho de que el juego funciona porque ellas mismas se ofertan como tablero. Es una trampa masoquista, creer que ganan cuando su cuerpo es la carnada.
        Al provenir de una novela, se puede pensar que el tema es un recurso para atraer el morbo de los lectores, sin embargo, las historias de mujeres impulsadas por núcleos masoquistas forman parte de la cotidianidad no solamente de los consultorios, sino de las múltiples narrativas en los cafés, las calles, las escuelas o las oficinas. La psicoanalista inglesa Susan Orbach, en su libro La tiranía del culto al cuerpo, nos cuenta como recientemente los conductores de autobuses de los colegios de secundaria de los alrededores de Filadelfia, comenzaron a notar por sus espejos retrovisores, las cabezas de sus pasajeras de entre 11 y 14 años siguiendo los movimientos propios del sexo oral. Tras informar a las autoridades de las escuelas, encontraron que por la necesidad de obtener reconocimiento y popularidad entre los varones, estas adolescentes le ofrecían a sus compañeros el cumplimiento de lo que ellas concebían como la mayor de sus fantasías. Lo paradójico es que algunos terminaron en el departamento psicopedagógico de sus escuelas revelando que la experiencia había resultado más angustiante que placentera, al no saber como reaccionar al acto de sus compañeras. Para la citada autora, estas chicas “en realidad no tienen una sexualidad propia, como tampoco tienen cuerpos que se sientan estables. Saben que el sexo es importante, pero qué es, de donde viene y para qué sirve es algo que se les escapa. Esa falta de conocimiento es lo que les permite pensar que hacer una felación a un chico camino al colegio las ayudará. Pero no es así. Así pues, viran hacia otro imperativo: resultar atractivas… La naturaleza dirigida al acto de conferir favores sexuales no deseados deja al descubierto las inseguridades de las chicas. Están desesperadas por hacer algo sexual, para poder sentir que ‘lo’ han dominado, como si ese ‘lo’ fuera un logro”.
El antiguo remordimiento por los actos sexuales ha sido sustituido por el remordimiento de la abstención, es solamente un tránsito pero no cambia su calidad de axioma moral, es el predominio del hacer sobre el ser. Susan Orbach, quien es cofundadora de The Women’s Therapy Centre en Londres, describe el proceso subjetivo de muchas de sus pacientes que participan en prácticas sexuales que no solamente no disfrutan sino que en muchas ocasiones les causan daño. El primer paso es la representación mental, se viven como protagonistas de una  escena la cual consideran satisfactoria para sus parejas, ya sea porque se las han transmitido o porque han tenido conocimiento de su funcionalidad en la satisfacción del otro. Mientras más popularidad tenga la práctica se consideran más versátiles, cumpliendo el guión que las acredita para afirmar: “ya lo hice”. Tras esta preparación viven el acto sexual como si estuvieran representando un papel, dejando a un lado las sensaciones de sus cuerpos o ausencia de ellas, es lo que la autora define como “experiencia extracorporal”, como si todo estuviera sucediendo en un campo virtual, lo cual permite negar el dolor, el asco o la ausencia de placer. Por eso al concluir el acto, disocian su cuerpo de la experiencia, a pesar de las evidentes huellas.
La evitación del lazo afectivo y la necesidad categórica de practicar sexo con violencia, coloca a Aomame y Ayumi en las rutas del masoquismo, sin embargo, entre ellas existen diferencias en su ubicación subjetiva, para la primera este tipo de prácticas es impulsado por un masoquismo moral y en la segunda el masoquismo es de tipo erógeno. Para ofrecer mayor luz sobre estas singularidades, démosle la palabra al Professor Sigmund Freud.
Para el investigador vienés, el masoquismo nace de una intensa necesidad de castigo y para provocarlo “el masoquista se ve obligado a hacer cosas inapropiadas, a trabajar en contra de su propio beneficio, destruir las perspectivas que se le abren en el mundo real y, eventualmente, aniquilar su propia existencia real”.
El masoquismo erógeno es heredero del abuso físico y sexual en la infancia, niñas y niños plenos de confusión por un conglomerado de sensaciones físicas sumadas a las implicaciones  del vínculo con el abusador, quien es casi siempre un familiar o un conocido, asocian tempranamente el placer al dolor y la necesidad de expiación. La considerable cantidad de mujeres motivadas por este tipo de masoquismo da cuenta del alto número de abusos físicos y sexuales de las que son víctimas las niñas. Es el caso de Ayumi, violentada sexualmente por un familiar con el que además tendrá que seguir conviviendo a causa de la ceguera propia de las familias ante estos hechos y la culpa aniquilante por haber sentido lo que sintió y con quien lo sintió. Su final en un acto de asfixiofilia cumple fatalmente la predicción de Freud, termina aniquilando su existencia real. La entrada temprana, forzada y violenta de Ayumi a la escena de fantasías sexuales adultas, la precipita en una espiral autodestructiva excluyéndola de la posibilidad de sentirse causa de amor tierno. Atrapada en el eterno retorno del abuso, se lanza al destino buscando a la persona que finalmente le dé la confianza para ser algo más que un objeto de placer de otro. Encuentra a Aomame, en quien desea recargar el ancla de su amor, su situación se complica por las funciones que cumplen, Ayumi es policía, Aomame una asesina. La primera desconoce esta brecha, por lo mismo lee en el distanciamiento de Aomame como un rechazo que intensifica la percepción de su potencial para ser despreciada y por tanto la necesidad de castigo, impulso que inaugura la ruta que concluye en su muerte.
Aomame, nacida en una familia perteneciente a la organización religiosa de los Testigos de Jehová, crece en medio de fuertes preceptos morales y persistentes recorridos de casa en casa promoviendo los principios de la creencia familiar. Para Freud “todo padecer masoquista tiene por condición la de partir de la persona amada y ser tolerado por orden de ella”, en el caso del masoquismo moral se va desdibujando la persona quedando sólo el padecer amarrado a las restricciones. Por lo mismo, cuando Aomame huye de su casa, aún siendo una niña, coloca distancia con los seres amados pero no así con las prohibiciones aprehendidas. Su disciplina moral le permite desempeñarse soberbiamente en el campo académico y deportivo, también le facilita su tránsito de entrenadora física a homicida profesional. Para quien ha sido educado en un sistema moral rígido resulta muy sencillo trasladar antiguas creencias a otras nuevas, siempre y cuando éstas conserven su categoría de irrefutabilidad. Por lo mismo Aomame vive saturada de imperativos: no te enamorarás, sólo sexo ocasional, no socializarás, harás ejercicio tantas horas diarias, comerás solamente esto, en fin. Cuando Aomame es contratada para asesinar a hombres que han abusado de mujeres, puede colocarse en el lugar de verdugo que se atribuye el poder de ejecutar las sentencias de un juez que establece los límites entre el bien y el mal. Sin embargo, al ubicarse Aomame en la posición del sádico es cuando inicia su transformación, su estructura moral se empieza a desquebrajar al descubrir lo contingente que puede ser en muchas ocasiones un veredicto. Esta experiencia la remite a un recuerdo de infancia, el único instante en que fue mirada plenamente por una persona. Al paso de los años resguardó los ojos de Tengo, su compañero de escuela, en la memoria. La fuerza de esa presencia resulta su única puerta de salida a su empuje sado-masoquista, por tanto, la búsqueda de Tengo se vuelve la causa total de su deseo. Al encontrarlo y recibir nuevamente esa mirada, Aomame tiene la certeza de que es más que un objeto moral y moralizador, más que un objeto sexual, más que un objeto del devenir histórico. Tengo la ama y su amor la impregna de humanidad, su amor les permite salir de 1Q84, ese mundo de abandono, violencia y  objetalización.
        El masoquismo es una pantalla cubriendo el sufrimiento infantil, es la alternativa inconsciente que muchas niñas y muchos niños encuentran para conservar el amor de padres violentos, abusadores, utilitaristas, denigradores o injustificadamente estrictos. El masoquismo es la expresión de una historia de amor pervertida por el abuso y el dolor, que impulsa a las personas a “trabajar en contra de su propio beneficio”. En el caso de las mujeres, esta perversión es añeja, a través del tiempo las instituciones religiosas, gubernamentales, civiles o familiares, se han apropiado de su cuerpo, se han otorgado el derecho a regular su placer. En la actualidad esa función es cubierta por la imagocracia, desde donde se dictan imperativos que de no ser cumplidos llevan a la exclusión. Resulta paradójico que tras las batallas libradas para defender su derecho natural a la regulación de su placer, muchas mujeres lo denieguen para seguir los dictados de discursos hegemónicos sobre la apariencia que las empujan a prácticas, no solamente sexuales, sino también físicas, alimenticias, vinculares, sociales o laborales, libres de placer. Las leyes que liberan el cuerpo no son suficientes para su emancipación, los derechos son tales porque no implican obligatoriedad para los beneficiados, su ejercicio es una elección.  Para liberar sus cuerpos, las mujeres tienen que soltar amarres de tres o más generaciones ascendentes, son herederas de los imperativos de sus bisabuelas, abuelas y su madre, la faena no es sencilla,  pero cuando lo consiguen desatan un nudo generacional masoquista que las libera a ellas y a su descendencia.
Freud se preguntaba: ¿Qué quiere la mujer?, me parece que la respuesta a dicho acertijo es: “Ser mujer”. Los hombres nos sentimos hombres sobre la base de nuestras obras, las mujeres construyen sus obras sobre su ser mujer.