miércoles, 25 de enero de 2012

La otra historia no existe



Me narro la historia de lo que no fue,
la inexistencia es el perchero de la idealización.
Lo que pude ser,
lo que dejé de ser,
lo que sólo soñé ser,
resplandece con el brillo propio de la ausencia,
del vacío donde, como aullidos de murciélago,
rebotan y vuelven mis grandiosas fantasías.

Tropiezo con la posibilidad retrospectiva,
esa compulsión de la memoria
a la ornamentación del pasado.
La celda del “si hubiera” se ensancha
con cada recuerdo retocado,
la añoranza es la enemiga íntima del ser.

La otra historia no existe,
el presente es la delta de mi vida,
el resto es necedad de la imaginación.
La otra historia no existe,
hoy  la  empiezo a escribir con la tinta
corriendo en las venas de mi deseo.

Juan Pablo Brand (2012), La otra historia no existe


      En días previos una paciente joven inició una de sus sesiones de psicoterapia con la semblanza de los últimos quince años de su vida, enfatizando los puntos críticos, donde las decisiones o la ausencia de ellas fueron cruciales para definir largos periodos de su devenir. Se cuestionaba, se recriminaba y verbalizaba las fantasías que tenía con respecto a lo que sería su vida actualmente si hubiera hecho las cosas de manera diferente. La versión alterna era maravillosa: residencia en un país de primer mundo, éxito profesional, convivencia con una pareja ideal y una calidad de vida encima del 95% de la población mundial. La escuché, recordé sesiones previas y cuando concluyó la narración que ocupó casi todo el tiempo de su sesión le dije: “Tu otra historia no existe y por eso es magnífica”. Me miró unos segundos, tras lo cual su boca esbozó una ligera sonrisa al tiempo que parafraseó: “Mi otra historia no existe”. Un psicoanalista lacaniano hubiera concluido en ese momento la sesión, pero siendo más afín a la corriente relacional en psicoanálisis percibí que la paciente estaba en uno de esos momentos clave de la vida donde la psique condensa el trayecto vital y vincular, es lo que Jung denominó psicosíntesis, eventos poco frecuentes que cuando emanan hay que resguardarlos como diamantes surgidos de las entrañas del ser. Aproveché los minutos restantes para señalarle a la paciente que parecía encontrarse en uno de estos momentos, agregando que era un episodio psíquico donde había el riesgo de quedar atrapada en el tiempo, repitiéndose incesantemente la crónica de su  desventura hasta ser arrastrada primero a la espiral de la ansiedad para después caer en la noche de la depresión, orientando sus días por el “pudo ser” mas que por el “soy”. Agregué que otro camino podía ser trabajar el duelo por esa “otra historia”, lo cual no es sencillo pues al ser una quimera, no hay restos sobre los cuales llorar, es similar a cuando uno trabaja con los niños el dolor por la despedida del amigo imaginario. 
       Esto me llevó a reflexionar que mi paciente sufría un “mal de época” el cual podría llamarse “El Mal del Lola”, haciendo referencia al popular largometraje de Tom Tykwer Corre Lola corre, donde se plantean tres hipótesis sobre un periodo de veinte minutos en la vida de la protagonista, las variaciones dependen de encuentros, sucesos, en fin, de ligeros cambios en la historia que terminan definiendo los tres posibles finales. El gran éxito de la película fue mostrarnos como la vida se teje a cada instante y cualquier variable puede cambiar un supuesto rumbo. Cuando tomamos decisiones abrimos o cerramos mundos, desde ir a un centro comercial donde podemos coincidir con alguien o enfrentar un suceso inesperado, hasta la elección de una carrera profesional la cual por si misma nos vinculará con personas las cuales quizá nunca hubiéramos conocido si hubiéramos optado por otros estudios u otra institución. Al paso del tiempo fantaseamos sobre esas decisiones y las posibilidades que se hubieran abierto de haber optado por otras alternativas. En ocasiones tomamos decisiones que nos libran de un malestar, un daño o una situación incómoda y agradecemos el giro producido por dicha decisión. Pero lo que suele predominar actualmente es la idea de que si se hubiera tomado otro camino las cosas irían mejor, frente a esto surge una intensa necesidad de protección de la propia historia, la cual se expresa en afirmaciones recurrentes como “No me arrepiento de nada”. Probablemente las connotaciones que cobró la palabra “arrepentimiento” en la tradición judeo-cristiana al asociarse al pecado y su expiación, nos lleva a rechazarla automáticamente. Para la Real Academia de la Lengua arrepentirse es “sentir pesar por haber hecho o haber dejado de hacer algo” y “cambiar de opinión o no ser consecuente con un compromiso”. A partir de estas acepciones considero muy complicado y hasta ingenuo afirmar “No me arrepiento de nada”, como si estuviéramos blindados al error. Arrepentirse no es expiar, es solamente aceptar la propia falibilidad, lo cual nos libera de la carga de crear y sostener nuestra “historia oficial” llena de grandes acciones, inagotables placeres, decisiones contundentes y exenta de equivocaciones y dolor. Tanto “la otra historia” como la posición “no me arrepentimiento de nada”, manifiestan un intenso temor a la vulnerabilidad y la angustia de no protagonizar la Historia (con mayúscula y que en general también es ficticia) y perderse en la brumosa sociedad. Las dos son falsas versiones de nuestra vida, pues la vulnerabilidad es como la muerte, nadie la quiere cerca pero de que llega, llega.
       Cuenta la tradición que tras vivir 29 años resguardado en su palacio, Siddhartha Gautamá pidió permiso a su padre para salir a las calles, el cual accedió pero dio indicaciones a sus subalternos de que liberaran la ruta que recorrería su hijo de cualquier estímulo que pudiera afectar la inmaculada percepción del príncipe. A pesar de los esfuerzos, Siddhartha se enfrentó con la visión de un anciano, un enfermo y un muerto. Estos encuentros transformaron su cosmovisión empujándolo a una vida espiritual que lo hizo trascender como el Buda. Retomo esta conocida historia para subrayar el hecho de que estar vivo, aún en las mejores condiciones, conlleva la constante posibilidad de enfrentar malestares. Aún con el autocuidado más sistemático y eficaz, estamos sujetos a la genética, a la realidad y la condición de los otros. Como quien hace todo para no morir, sin pensar que si no muere pero los demás si, en algún momento su existencia será una permanente sucesión de pérdidas.
       La otra historia no existe, insistir en narrarla es cuidar las heridas pero no dejarlas cicatrizar, como los niños que gustan de arrancarse las costras. La versión de “no arrepentimiento” es como quitar una cicatriz con cirugía estética, borrar la evidencia no cambia el dolor vivido en el pasado.
       La otra historia no existe, por tanto podemos empezar a escribirla ahora, desde lo que somos. Hay quien siente que está condenado por su pasado, frente a esto retomo una frase extraída de la maravillosa película de Mis tardes con Margueritte de Jean Becker. Germain, protagonizado por Gérard Depardieu, es producto de un encuentro sexual fortuito de su madre con un desconocido, por lo cual su madre, quien imaginaba para sí misma una vida llena de grandes aventuras, le expresa un permanente desprecio por responsabilizarlo de finiquitar sus aspiraciones. En una ocasión, Germain conoce a una anciana aficionada a la lectura, Margueritte (Gisèle Casadesus), con quien establece una relación de amistad. En algún momento Germain le pregunta a Margueritte que se puede hacer cuando alguien no solamente no ha sido amado por su madre, sino que ha experimentado su desprecio. Margueritte responde sabiamente con un enunciado que cito de memoria (por tanto no es textual): No lo sé, probablemente quien no ha recibido suficiente amor en su infancia tiene todo por descubrir.
Hacer el duelo por la “otra historia” pretérita nos permite vivir en el presente en total apertura al descubrimiento, aceptar el “soy” liberados de buscar quimeras para dejarnos sorprender por el encuentro. Quizá al puro estilo de Alejandro Jodorowsky, uno debería escribir “la otra historia” en papel, quemarla y enterrarla en una maceta junto con algunas semillas para ver crecer vida de aquello que nos ha quitado horas y horas de vida.

viernes, 13 de enero de 2012

Twitter: Dolor y Providencia en la teología de Sinead O’Connor



Le doy gracias a Dios de que exista Twitter
Sinead O’Connor

Does anyone know a psychiatrist in Dublin or Wicklow who could urgently see me today please? I'm really unwell and in danger. I desperately need to get back on meds today (¿Alguien conoce a un buen psiquiatra en Dublín que me pueda ver con urgencia hoy? Realmente me encuentro mal, y en peligro. Necesito desesperadamente volver a tomar medicamentos hoy)… Este mensaje de exactamente 140 caracteres fue enviado vía twitter el miércoles 11 de enero  de 2012 (hace dos días) por la cantante irlandesa Sinead O’Connor quien la noche previa había tenido un segundo intento de suicidio en una semana. A su llamado respondieron inmediatamente cientos de personas  recomendándole especialistas.
En septiembre de 2011 tras haber enviado varios mensajes en twitter con textos sugerentes de intento suicida, publicó en su blog lo siguiente: Las personas que expresan sentimientos suicidas son menos propensos a actuar en consecuencia. Cualquier persona que muestre el menor indicio de mierda al expresar sentimientos suicidas es un pendejo y se le pide educadamente  abandonar definitivamente su preciosa compañía.
Frente a estos hechos cabe la pregunta ¿qué impulsa a esta talentosísima cantante, quien con su tatuaje de un Cristo coronado en el pecho, su rapado permanente y sus cuarenta y cinco años, conserva esa mágica belleza celta? 
La pregunta me resuena profundamente pues he seguido su trayectoria por décadas. En 1990 salió a la venta su segundo LP, I do not want what i haven’t got (No quiero lo que no tengo), el cual mi hermano tuvo el buen criterio de comprar cuando los discos todavía eran de acetato y esto me permitió conocer a esta peculiar y hermosa canta-autora. El long play incluía Nothing Compares 2U (Nada se compara contigo), paradigma musical del rompimiento amoroso adolescente, promueve la fantasía de que hay legiones de parejas alternas pero solamente se quiere estar con el amado o la amada, pues nadie se compara con él o ella. La espléndida voz de O’Connor y la maravillosa música contrastan con la banalidad de frases como aquella de: Fui al doctor y ¿adivina que me dijo?: niña mejor trata de divertirte, no importa lo que hagas, él es un tonto. Pero al mismo tiempo la canción satisface la sed de metáforas de los corazones adolescentes en duelo: Ha sido todo tan solitario sin ti, como ave sin una canción. Siendo honesto, todo lo dicho sumado a que la pieza la compuso Prince, resultaron para mí nimiedades frente a la voz de la irlandesa cuyos encantadores ojos parecen tener el mismo tamaño de su boca.
 Así que cuando supe que acompañaría a Peter Gabriel en la gira de su disco US, durante la cual el genial compositor y cantante daría su primer concierto en México, besé incesantemente mi boleto de entrada. Ya en ese momento O’Connor era una figura polémica, no sólo por aparecer semi-desnuda en la portada del US, sino por que el 3 de octubre de 1992 al participar en el popular programa Saturday Night Live, cantó la canción de War de Bob Marley como forma de protesta contra los abusos sexuales de los sacerdotes católicos. Mientras interpretaba la pieza cambio la palabra racismo por abuso de menores tras lo cual presentó frente a las cámaras una fotografía del papa Juan Pablo II, la rompió y pronunció la frase lucha contra el verdadero enemigo.
Todavía la recuerdo en el concierto como hada vestida con overol danzando y cantando descalza  por todo el escenario. Pido disculpas a los Gabrielofilicos y a los  fanáticos de los maestros Tony Levin y Manu Katché, que también acompañaban al músico, pero la cantante calva me inquietó hasta el paroxismo con su maravillosa voz en los coros de Blood of Eden, haciéndome olvidar al magnífico consorcio de artistas que hicieron de esa noche un rito al buen gusto el cual concluyó con una fiesta de todo el staff sobre el escenario.
En particular dos de sus interpretaciones erizan inclementemente mi epidermis. Una es su versión de The house of the rising sun, melodía de autor anónimo que relata la mala fortuna de un individuo en Nueva Orleans, la cual se hizo popular en 1966 con la grabación del grupo The animals. El cover de O’Connor inicia con su voz a capella, sutilmente se une un acompañamiento de guitarra, luego el bajo hace escuchar su voz, para cuando se une el piano uno se encuentra hipnotizado y dispuesto a seguir a Sinead ahí adonde vaya (Para escuchar la canción: http://www.youtube.com/watch?v=_bDW-YQZVLw).
La otra es su interpretación de I don’t know how to love him, esa magnífica canción del primer musical compuesto por Andrew Lloyd Weber, Jesucristo Superestrella. Esta pieza me conmueve desde la infancia, quizá por mi precoz empatía con las mujeres tristes, la cual me alió con el dolor del personaje de María Magdalena quien amó profundamente la humanidad de Jesucristo. Su batalla entre lo terrenal de su pasión y la incontrovertible misión espiritual de su amado, despertaron tempranas preguntas en mí que años más tarde me hicieron devorar la novela de Nikos Kazantzakis La última tentación de Cristo, llevada al cine por Martin Scorcese. En esta novela se plantea la hipótesis de lo que hubiera sucedido si Jesucristo hubiera elegido a María Magdalena en lugar del sacrificio en la cruz que lo consumó como mesías. La versión de O’Connor pertenece a su disco Theology, además de la extasiante voz con la cual canta, la interpreta con un estilo irlandés que fusiona dos de las grandes pasiones de la cantante, su tierra y a Cristo, a quien lleva tatuado arriba de sus senos (Para escuchar la canción: http://www.youtube.com/watch?v=lgKb7-YC9lI).
            Talento y Melancolía son primos hermanos, pareciera que mientras más inquieto es el espíritu, la tristeza le acecha más, probablemente se deba que a quien es creadora o  creador la pérdida le resulta más intolerable, quizá el deseo de crear es un intento por huir del dolor y sacarle la vuelta a la muerte, por eso cuando la musa se difumina o hay una pérdida real, los fantasmas de la infancia retornan removiendo el terror resguardado bajo la obra. Sinead O’Connor, es la tercera de cinco hermanos, teniendo ocho años sus padres de divorciaron y ella junto con los dos mayores va a vivir con la madre, mujer intensamente maltratadora de cuyos impulsos destructivos huye O’Connor a los trece años para buscar refugio con su padre, quien al no poder sostener la intensidad de la adolescente la interna en una institución de religiosas. Es ahí donde uno de esos maravillosos seres rescatadores descubre su talento y lo promueve, antes de los veinte años ya había hecho sus primeras grabaciones. En 1985, la madre muere en un accidente automovilístico, hecho que afecta profundamente a O’Connor. Posiblemente al morir la madre antes de que Sinead comprendiera las razones de su maltrato, la dejaron sola atrapada en una red de enojo, incertidumbre y culpa. Tras el final de su cuarto y último matrimonio el cual duró 16 días, la cantante declaró que ya no se vincularía románticamente con nadie pues no soportaría ver que nuevamente se le hace daño a un ser amado como le hicieron los periódicos a su más reciente esposo. Al parecer, el día de la boda, O’Connor sintió un poderoso deseo de consumir crack lo cual derivó en una serie de eventos desafortunados recogidos por la prensa. Ella coloca la responsabilidad en la prensa pero la causa del daño la dirige a si misma.
En un comunicado el día de hoy en su página oficial, ella escribe que su psiquiatra opina que no sufre Trastorno Bipolar, por tanto su medicación será temporal. Muchos opinadores sostienen como explicación de los comportamientos de la cantante a través del tiempo, la oscilación entre la manía y la depresión.  Los diagnósticos son siempre son polémicos y nunca son suficientes para dar cuenta de la acción y pensamiento de una persona y menos con el nivel de  la complejidad de O’Connor.   
La cantante declaró ayer al diario The Sun: Dios me quiere por aquí, pero no entiendo por qué. Probablemente el dolor profundo de O’Connor es que no le encuentra sentido a la obra de su vida, todos sus intentos por salir de ella misma parecen resultar infructuosos frente al espectro de la madre que sigue maltratando y deplorando cada uno de sus actos, madre desplazada a la prensa del espectáculo plagada de seres que ante su falta de atributos y corroídos por la envidia, dedican su vida a intentar destruir a los creadores al sentirse aplastados por sus obras.
O’Connor atribuye su salvación a Twitter, propiamente a las personas que conforman la red que ella comparte en Twitter. Probablemente el lado amable de las redes sociales es que cuando en soledad la persona siente que es arrastrada hacia el abismo de la destrucción,  puede lanzar un grito de ayuda y recibir en tiempo real manos que le hagan emerger al menos del momento crítico e impregnarla de vida en la espera de la llegada de los cuidados más intensivos.
Para Sinead O’Connor, Twitter fue su salvación y considera que Dios hizo posible la creación de Twitter. Me parece que como ella, millones de seres humanos alrededor del mundo han encontrado en las redes sociales una nueva manifestación de la Providencia, por lo que ya no rezan mirando al cielo sino escribiendo en sus teléfonos móviles o las pantallas de sus dispositivos digitales. Las nuevas revelaciones llegan por vía de  los “Amigos” o los “Seguidores”, quienes dan certeza ontológica: “Me responden, por tanto existo”.


miércoles, 4 de enero de 2012

Cuatro jinetes espirituales de Cataluña: Gaudí, Casals, Dalí y Miró



         Como ritual de arribo a las ciudades me gusta visitar una edificación representativa del lugar. Este invierno al llegar a Barcelona, me registré en el hotel, arrojé mi maleta a la habitación y me encaminé a la recientemente nombrada Basílica de la Sagrada Familia, la cual se ubicaba a unas cuadras. Era domingo, la noche ya había avanzado, por tanto, mi camino fue solitario, frío y en medio de esa penumbra iluminada de las ciudades.
Cuando se viaja, la imaginación hace una labor previa a partir de las imágenes y los relatos, pero siempre sucede que la realidad no se corresponde con la fantasía. Uno cree que los espacios exaltados se encuentran casi flotando en un limbo, como sitios sagrados alejados de la contaminante banalidad y no deja de sentirse cierta decepción al descubrir que las ciudades van devorando la magia de los entornos de los magníficos edificios.
Esta vez no fue la excepción, cerca del Templo alcancé a visualizar una de sus peculiares torres, al virar en una esquina estaba frente a mi el punto más visitado de toda España, como una puerta a un universo sagrado en medio de una modernísima ciudad. Mi llegada fue por la fachada de la Pasión que no es la más recurrida en las fotografías, tras emerger de mi éxtasis ante el edificio negótico-modernista caminé la cuadra necesaria para llegar a la fachada del Nacimiento.  En ese instante me atrapó el espíritu de Gaudí, quien inició esta construcción en 1882 y a la fecha no se ha podido concluir. No pude entrar en ese momento, pero regresé dos días después. A ésta, se sumaron las visitas a la Casa Batlló, Casa Milá y el Parque Güell. Todos caracterizados por un estilo naturalista-acuático-anatómico que provocan en el espectador la sensación de edificios en permanente movimiento, ya sea un efecto de derretimiento o un empuje de corriente marítima. Gaudí no invadía la naturaleza, la continuaba, la decoraba. Al visitar su casa en el Parque Güell, la cual fue diseñada por uno de sus discípulos, fui testigo de una escena la cual me dejó unas horas en reflexión. Un visitante que andaba muy entusiasmado con su cámara, se acerca a la habitación donde dormía Gaudí y se encuentra con una cama individual y libera un grito interrogante: “¿Dormía solo?”. En realidad, el único dato con base suficiente de la vida sentimental del arquitecto, fue su intención de casarse con Pepeta Moreu, quien le dio las gracias por su ofrecimiento y decidió casarse con otro hombre. Esto ha levantado suspicacias sobre la posible homosexualidad de Gaudí, lo cierto es que al ver su habitación, la cual se conforma de una cama, un reclinatorio, una cruz y sobre ella una espiga que se dirige al firmamento, hace pensar en una vida contemplativa y espiritual, que da cuenta de sus obsesiones ascencionistas con el diseño de la Sagrada Familia, que con sus numerosas espigas da la impresión de un centro de recepción de señales divinas.
 Otro encuentro maravilloso fue con Pau Casals, el mejor violonchelista del siglo XX. Fue la mayor sorpresa de mi viaje, había escuchado algunas de sus interpretaciones pero no había tenido mayor curiosidad por su biografía. Sucedió que visitando el Museo de Arte de Girona, súbitamente quedé embriagado por una melodía profundamente melancólica, tono exacerbado por ser interpretada con un violonchelo. Totalmente arrobado  me dejé arrastrar a la fuente de la música. Era una pequeña sala cuyo objetivo era invitar a visitar la Villa de Pau Casals en la región del Vendrell, la hipnótica pieza era El Cant dels Ocells (El canto de las aves), en ese momento pensé que era composición de Casals. El folleto era explícito en el obsequio que implicaba ir a la villa, con una vista hacia el Mediterráneo que no dejaba dudas que era otra puerta de Cataluña hacia lo infinito. Al sur de Barcelona, la Villa se encuentra en una playa de nombre San Salvador, uno se baja en la estación de St. Vicenc de Calders y camina como tres kilómetros a la Villa. Gran parte del recorrido se puede hacer dialogando con las olas del Mediterráneo a través de una playa eterna, completamente vacía por ser temporada de invierno. Acepto que en algún momento sentí temor, pues en un kilómetro no me crucé con ningún ser humano, todas las casas estaban cerradas, así como los restaurantes. De repente me sentí como Juan Preciado entrando a Comala en busca de Pedro Páramo, quizá había entrado a un pueblo fantasma, a la playa de los muertos. Llegué a la Villa a las tres de la tarde, eso me dio tranquilidad, pues daba cierta prueba de realidad. Sin embargo, como es costumbre en esas regiones, todo se cierra entre las 14 y las 16 horas. Por tanto, tenía una hora para encontrar alimento, en los alrededores localicé un restaurante donde había solamente una mesa ocupada, al ingresar me sentí como en una escena de un western, las miradas fueron como de “¿qué buscas forastero?”, sólo alcancé a decir: “quiero comer”. El menú era muy difuso, así  que la dueña, que resultó ser bastante amable, me dijo que una posibilidad era una porción de tortilla española, acepté la oferta y recibí un manjar de dioses, fue una delicia que además pude combinar con unos panecillos mojados con jitomate, aceite de oliva y una copa de vino.
      A las cuatro agradecí la hospitalidad y caminé a la Villa. Era el único visitante, lo cual me permitió jugar por un instante a pasearme como si fuera el propietario. Me paré frente a la vista que ofrecía el folleto y agradecí al azar el que me hubiera permitido llegar hasta ese espléndido lugar, donde la memoria, el espíritu y el mar se fusionan en una armonía que hace justicia al pasado de una región que fue de las más azotadas por la Guerra Civil. En medio de los suspiros del recuerdo y la brisa parecían llegar los murmullos del horror, el llanto de los niños, los gritos de las mujeres y el correr de los hombres, huyendo o enfrentando inquebrantables fuerzas. En mi cabeza resonó una voz diciendo: ¿Por quién doblan las campanas?, por supuesto por ellas y ellos, las víctimas de la matanza orquestada por Francisco Franco.  Con su música, Casals exorcizó el lugar, impregnando con su espíritu cada rincón. En la Villa descubrí que  El Cant dels Ocells  es una pieza tradicional catalana cuyo tema es la navidad, la cual Casals interpretaba siempre al final de sus conciertos como un mensaje de paz. El 24 de octubre de 1971 la interpretó en la sede de la Asamblea General de la ONU cuando le otorgaron la Medalla de la Paz.
       Tras escuchar varias veces El Cant dels Ocells en una sala y comprar un CD con la grabación de la pieza, me encaminé a la estación. Con mayor conocimiento de la zona, recorrí dos kilómetros por la arena del Mediterráneo con el atardecer frente a mi. La conmoción me llevó al llanto, el destino me obsequió el privilegio de que mis lágrimas se hicieran una con esa maravillosa mar.
      En el extremo norte de Cataluña se ubica la patria chica de Salvador Dalí, Figueras, lugar donde se encuentra el Teatro-Museo Dalí, considerado el objeto surrealista más grande del mundo, construido sobre las ruinas del antiguo Teatro Municipal, destruido al final de la Guerra Civil. El propio Dalí argumentó así la pertinencia del espacio: “¿Dónde si no en mi ciudad ha de perdurar lo más extravagante y sólido de mi obra, dónde si no? El Teatro Municipal, lo que quedó de él, me pareció muy adecuado y por tres razones: las primera porque soy un pintor eminentemente teatral; la segunda, porque el Teatro está justo delante de la iglesia en la que fui bautizado, y la tercera, porque fue precisamente en la sala del vestíbulo del Teatro donde expuse mi primera muestra de pintura”. Tras visitar este Teatro-Museo llegué a  varias conclusiones. La primera es que uno puede recorrerlo desde la fascinación, deseando apropiarse lo más posible de su contenido. Esta actitud se hace evidente en personas que desean fotografiar hasta los más mínimos detalles, lo cierto es que el secreto de la obra de Dalí estaba en Dalí mismo, por más que uno devore su obra, no se logrará una transubstanciación. En lo personal, opté por entregarme a la experiencia del espacio, lo cual me permitió descubrir que Dalí no diseñó un museo sino un mausoleo, esto resulta evidente cuando se nota que sus restos se encuentran en un subsuelo sobre el cual hay un área similar a un altar sobre la cual se levanta una cúpula de cristal. Está organizado como una iglesia católica. La tradición arquitectónica de los templos católicos marcaba que debajo del altar debían reposar los restos o reliquias de un santo y encima del altar se debía levantar la cúpula. Sin embargo, con Dalí no se puede más que entregarse a la contemplación de la producción de un genio sin parangón. Como él mismo afirmaba, era un espíritu renacentista, hizo de la creación su verdad, su producción abarca pintura, escultura, arquitectura, instalaciones, mobiliario, joyería, en fin, de su cabeza pudo haber emanado todo un mundo alterno, el planeta Dalí.

         Montjuic es una montaña en medio de Barcelona, la cual cobró gran renombre al constituirse en el corazón de las instalaciones deportivas de las Olimpiadas de 1992. Esa montaña también aloja a la Fundación Joan Miró, centro cultural y artístico impulsado por el pintor para la promoción e investigación del arte contemporáneo. Si bien, mi gusto por la obra del artista precedía a la visita al museo, tuve la fortuna de que se presentará una exposición temporal que concentraba no solamente una gran cantidad de obras, sino que incluía las más significativas del creador. El nombre mismo de la exposición era por sí mismo bastante sugestivo La escalera de la evasión, el cual nace del título de una de sus pinturas. Joan Miró era un contemplativo, solía aislarse en la tierra familiar en Mont-roig, afirmando que toda su obra se inspiraba en sus estancias en dicho lugar. Pero era un convencido de que “no hay ninguna torre de marfil” por lo mismo la idea de una escalera de la evasión, es que todo proceso de ascenso artístico o espiritual tiene fuerza legítima cuando está sostenida en la tierra, en la realidad. Su pintura me remitió a la espiritualidad oriental, esto es, a la experiencia del vacío, a la renuncia de las formas y las representaciones.  Su obra se acerca más a las catedrales góticas, espacios libres de imágenes donde se limitan las proyecciones, el yo se queda sin espejos lo cual permite que emane el espíritu, lo cual, por supuesto, puede ser una experiencia sumamente angustiosa. A diferencia de las catedrales barrocas, llenas de figuras humanas donde uno puede proyectar en el rostro y el cuerpo de los Cristos, las vírgenes o los santos, las imaginerías del yo, creando la fantasía de compañía de seres con rostros bondadosos o extasiados. Miró traza líneas sobre la nada, dejando al espectador libre frente a las líneas sobre el vacío. Si bien manejaba muchos signos y símbolos, en ocasiones son tan abstractos que tan sólo tenían sentido para el artista, dejando a los demás construir su propia experiencia estética.

        De estos cuatro jinetes  espirituales de Cataluña, he recibido invaluables dones: la austeridad y naturalismo de Gaudí, la disciplina y pacifismo de Casals, el renacentismo de Dalí y la evasión de Miró. De los cuatro obtengo principios suficientes para orientar una vida: la aceptación de la existencia de algo superior a uno mismo, la lealtad con el propio talento, la vocación de trabajo y la importancia de producir algo diferente a uno mismo, para no quedar atrapado en el espejo.


domingo, 25 de diciembre de 2011

Desde Barcelona, un sopor mediterráneo interrumpido por Murakami


25 de diciembre en Barcelona, domingo y día festivo, una buen parte de la ciudad está conectada a la inactividad propia de estas fechas.
Viajando solo, la interrogante por el plan del día  se dirige primeramente a lo posible y luego al deseo. Descartadas las opciones comerciales y abarcadas una buena parte de las turísticas más importantes, quedaban dos caminos: Religio o Natura. Al ser una festividad religiosa, los templos católicos estarían abiertos, solamente que suelen cerrar de 13:30 a 16:30. Opté por Natura, habiendo visitado dos colinas de Barcelona: Montjuïc y la Colina de las cruces (Parc Güell); y el monasterio en Montserrat. Decidí que era el día de visita al Mediterráneo, el maravilloso clima y la gratuidad del  paseo, corroboraron la decisión.
Como suelen ser las playas de mares, en contraste con los de océanos, el oleaje es sutil, preciso para entonar su música sin imponer su poder  con golpes impetuosos sobre la arena. Añil profundo, gaviotas y pocas embarcaciones, constituyen la fórmula exacta para la inspiración poética.
Envuelto por un cielo azul completamente despejado, me dejé caer sobre la arena, a mirar y escuchar. Eso sí, atrapé estratégicamente mi inseparable mochila, al parecer, en Barcelona no es recomendable caer en éxtasis teresiano en sitos públicos, aunque las bellezas artísticas, naturales y humanas inviten a una mística contemplación, los roba-bolsas operan como radares de la distracción. Quizá el estímulo más complicado de evadir, por su cantidad, son las bellas catalanas. Subirse al metro es como abordar el “tranvía llamado deseo”,  una tras otra aparecen, es como habitar un hormiguero de hormigas reina. Uno se explica porque el monasterio tiene que estar lejos y en medio de la montaña, aquí los bonos celestiales por castidad se triplican, aun así, Montserrat tampoco es un refugio seguro, pues sus serranías son una sucesión de formas femeninas. Quizá un detalle inesperado es que pareciera que todas estuvieran  uniformadas, todas visten botas, jeans o mallones y  abrigo o chamarra. Debe ser la tendencia de invierno, pero llegué a la conclusión de que en la actualidad la moda no es la búsqueda de la originalidad sino la lucha por verse mejor con lo mismo. No es asunto local, pues había una gran cantidad de turistas orientales y compartían el uniforme.
Nunca había estado tan cerca del Mediterráneo, su incesante azul es un paisaje de reflexión zen, un vacío sobre el cual uno traza las líneas de su espiritualidad como rayas de un cuadro de Joan Miró.
Cuando el sol comenzó a crearme estragos, visualicé una red de restaurantes que me atrajeron como ratón tras el flautista de Hamelin. Todos enarbolan  nombres muy conceptuales, parece una muestra de lugares de la zona de Polanco en la Ciudad de México, pero ubicados a orillas del mar. Tras un recorrido por las afueras, elegí uno llamado Opium Mar, pero miré la carta antes de entrar, no pretendía romper mi romance con el Mediterráneo al recibir una cuenta exorbitante. En realidad, el precio se elevaba un poco sobre la media de lo que había visto hasta el momento, caro, pero recordando algunos lugarcillos donde te gastas tres euros menos, el lugar se perfilaba como paraíso.
Me atendió un mesero totalmente fashion: alto, delgado, trigueño, con rasgos ibérico-arábigos, en fin, un prófugo de un anuncio de Armani. Al preguntarle por los tintos que vendían por copa, desbordó un estilo gay que parecía que le había echado un piropo, lo cierto es que recibí noticias maravillosas, una opción era ese bálsamo emanado de las entrañas de la Ribera del Duero que se llama Protos. En comparación con las otras alternativas la copa tenía un precio elevado, pero el entorno lo justificaba. Cuando confirmé el pedido, pasó su mano por encima de la oreja izquierda y me dijo suavemente: ¡Vale! Como dicen por estas tierras, ¡Joder!, sentí que me aplicó aquella frase de Soltero maduro.. Pero en realidad ahí acabó la escena, al parecer era el capitán de meseros y su función era utilizar todos sus recursos de seducción en el momento clave en que uno hace el primer pedido. Seguramente sabe que agregar algo de encanto  al hambre y la fascinación de los comensales por el entorno, puede elevar el consumo.
Al visitar las instalaciones sanitarias, encontré que el lugar resguardaba un gran bar al cual convocaban  para recibir el 2012. Pensé que sería un lugar espléndido para festejar el inicio del último año maya, pero ya no estaré por aquí para esas fechas. Además una borrachera frente al Mediterráneo puede tener sus riesgos, con los sentimientos de grandiosidad provocados por el alcohol teniendo como escenario al mar con el mayor número referencias en la cultura occidental, puede emerger el Aquiles o Ulises que uno lleva dentro y  creer que ese manto de agua lo llama a grandes faenas.
Caminé otro tramo de la playa para luego encaminarme a otras rutas de Natura, crucé una de las entradas del Parc de la Ciutadella. Me dirigí a la famosa cascada diseñada por Josep Fontseré junto con su entonces estudiante, Antoni Gaudí. Pedí un café e inicié la redacción de estas líneas, tras lo cual me dispongo a seguir leyendo la magistral novela 1Q84 de Haruki Murakami, cuyas primeras dos partes (integradas en un solo libro) las porté, no sin cierto escepticismo, como libro de viaje. Mis dudas se derrumbaron desde las primeras páginas, en cuanto hago una pausa en el camino lo leo: en el transporte, en las comidas, en las noches y en mis tan gustadas escalas de lectura en parques, jardines, montañas y anexas. Esto ha tenido sus consecuencias, leí las 737 páginas en una semana, lo que me lanzó directo a La Casa del Libre, por la tercera parte. A pesar de la molestia por el hecho de que lo vendan más caro que en México, cuando en esta ciudad lo producen, lo compré y ya lo empecé a leer.
Desde mis tiempos  de lecturas rusas y de Los Miserables, no había sido atrapado de esta manera por un libro. El asunto es que ahora busco dos lunas en el cielo y en medio de tantos espacios mágicos que tiene Barcelona, siento que emerge a cada momento la Little People. No me han perdido, sucede que Murakami es un maestro de la pluma, utilizando sus propias palabras es un perceiver de la condición humana. Hay que leerlo, de otra manera  como dice el padre de Tengo, el protagonista: Si no lo entiendes sin que te lo explique, quiere decir que no lo entenderás por más que te lo explique.
Barcelona y 1Q84 quedaran impresos como un solo recuerdo en mí. En otra entrada, escribiré sobre el libro de Murakami, vinculándolo a otras series de libros que han tenido recientemente un gran  éxito, como Millenium, con las cuales comparte el tema de la violencia hacia la mujer, la cual parece intensificarse y diversificarse a cada momento, sumándose la violencia de las mujeres hacia su propio cuerpo, a través de crueles dietas, cirugías y ejercicios excesivos, esto es dolor, abstinencia y mutilación.
Por el momento seguiré mi andar catalán, mañana a Figueras, la patria chica de Dalí.  Bo adéu.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Un año más


Y en el reloj de antaño
como de año en año,
cinco minutos más para la cuenta atrás.
Hacemos el balance de lo bueno y malo,
cinco minutos antes de la cuenta atrás.
Y aunque para las uvas hay algunos nuevos,
a los que ya no están echaremos de menos.
Y a ver si espabilamos los que estamos vivos
y en el año que viene nos reímos.
1, 2, 3 y 4 y empieza otra vez
que la quinta es la una
y la sexta es la dos y así el siete es tres.

Un año más, Nacho Cano (Mecano)


       Escribo en el ocaso de este 2011, el cual muchos perciben como el umbral de la última noche vieja de la historia humana, teniendo como expectativa el cumplimiento de las profecías mayas en diciembre del 2012. En México es la antesala de un año electoral, cuyo tono ya pudimos saborear con el evento de Enrique Peña Nieto en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, esto es, los candidatos y quizá la candidata (me refiero a Josefina Vázquez Mota que no sería la primera, aunque ella así lo crea. Si la memoria no me falla hubo tres previas: Rosario Ibarra en 1988, Cecilia Soto en 1994 y Patricia Mercado en 2006), buscarán mostrarse inmaculad@s para convencernos que son la esperanza que resolverá los añejos conflictos de nuestra nación, mientras opositores y medios de comunicación estarán a la caza obsesiva de sus errores para distraernos con minucias, mientras la lista de los muertos se va engrosando y las instituciones financieras juegan con la inflación organizando “buenos fines”. Si es grave o no que Peña Nieto no supiera citar tres libros, no lo sé, la historia muestra que ha habido gobernantes muy cultos y tiránicos, el nivel de lectura de una persona por si misma no es garantía de nada. Quizá lo que si puede llamar la atención es el cinismo de la simulación, puesto que Peña Nieto fue a la FIL a presentar un libro y sí resulta sospechoso que tras haber escrito un libro no pueda citar tres textos, se pudo haber citado a si mismo si tanta confianza tiene en su propuesta.
        Lo cierto es que las fuerzas proféticas y políticas suelen ser igual de eficientes, por lo cual resulta mucho más benéfico atraer el destino a nuestra cotidianidad. Por eso decidí iniciar esta última entrada del año con el fragmento de una canción que forma parte de mis rituales personales de cambio de ciclo anual. Un año más es una pieza compuesta por Nacho Cano, quien fue parte de la agrupación Mecano. Es una canción maravillosa pues su contenido tiene fuertes raíces locales, es decir, habla de muchas tradiciones del centro de España, pero en su mensaje se vuelve universal. La conjunción de duelo y esperanza, la balanza entre logros y propósitos, los símbolos de transición y protección para enfrentar el nuevo ciclo que muestra la doble cara de toda incertidumbre: la posibilidad de lo excelso y lo siniestro, de la abundancia y la escasez, la salud y la enfermedad, el logro y el fracaso, en fin, la visión en claroscuro que se agudiza en estos periodos, aunque sabemos que la vida suele acercarse más a un policromático cuadro abstracto de Kandinsky, que a un claroscuro retrato hiperrealista de Rembrandt.
        En la tradición el tiempo simboliza el límite en la duración, principalmente en la duración de nuestra vida. El tiempo es la medida de lo terreno, de lo humano, más allá del tiempo está lo eterno, donde se borran las fronteras del espacio y habita lo que se denomina divino. Salir del tiempo es migrar del orden cósmico, es transitar de la física a la metafísica, la gran desconocida. Quizá por eso me resisto a lo eterno, porque no lo entiendo, tengo tendencias cronofílicas, restos obsesivos de protección de mis ansiedades infantiles frente a la evidencia de la muerte. Aceptar lo eterno es negar el tiempo, negar el espacio, negar el límite, negar la muerte.
        La fiesta del cambio de año simboliza un rito fuera del tiempo, el momento preciso de las 00:00 horas es un instante de eternidad, donde ha concluido el año previo y no ha iniciado el siguiente, es el lapso vacío entre el atragante de la última uva y el primer abrazo. Los celtas celebraban su año nuevo, el Samain, el primero de noviembre, durante la fiesta los humanos convivían con los habitantes del sid,  el otro-mundo. En el transcurso de la ceremonia los visitantes del sid tenían la sensación de haberse ausentado solamente algunos días o meses, cuando en realidad formaban parte del sid desde siglos atrás. Si uno de ellos pisaba el mundo humano fuera del Samain inmediatamente sumaba la edad acumulada desde que transitó al sid, esto es, moría inmediatamente por una insoportable vejez. Como los habitantes del sid la noche del 31 de diciembre nuestros muertos también se hacen presentes, o dicho con mayor precisión, se hacen ausentes, esto es, su ausencia evidencia el paso del tiempo, da prueba de que algún día estuvieron y ahora ya no están. En la brecha del no-tiempo tras las doce campanadas, nuestra mirada se dirige al lugar que ya no ocupan, escuchamos el murmullo de su silencio, pero inmediatamente después atrapamos con regocijo las sonrisas de las pequeñas y los pequeños, eslabón que nos unirá al tiempo cuando crucemos el umbral de la casa de Cronos.   
         Escribió Horacio: Dum loquimur, fugerit invida aetas: carpe diem, quam minimum credula postero. Ensamblando varias propuestas de traducción, la versión que más me agrada es la siguiente: Mientras estamos hablando, he aquí que el tiempo envidioso se nos escapa. Aprovecha el día de hoy y no te fíes de ninguna manera del mañana. La frase Carpe Diem se popularizó cuando protagonizó el mensaje de la película de  La sociedad de los poetas muertos. El verbo Carpe se traduce también como saborear algo a bocados, seria como partir el tiempo en pedacitos para degustarlos lenta y plácidamente.
En una sociedad aspiracional como la nuestra, la frase del poeta latino llega como un remanso de serenidad en medio de la vorágine por la novedad y la permanente insatisfacción con el presente. Dedicamos horas de discurso y pensamiento al futuro mientras el presente continua su incesante huída, tememos a la muerte pero tiramos bocados a cada momento, sin darnos cuenta que todo tiempo despilfarrado es una pequeña muerte.
Como dice Mafalda, probablemente lo que acabo de escribir es tan cierto que no sirve para nada, sin embargo, es solo la problematización para arribar al verdadero punto que es el de la responsabilidad de vivir con nosotros y convivir con los otros.
Para abordar el tema, dialogaré con Viktor Frankl, quien ha sido calificado en muchas ocasiones como idealista, pero a diferencia de casi todos los teóricos “psi”, él no teorizó la violencia, sino teorizó desde la violencia. Víctima en los campos de concentración nazi (estuvo en tres, entre ellos el de Auschwitz) experimentó en primera persona el horror, vivenció el extremo de esa capacidad destructiva que es exclusiva de la especie humana. Sobreviviente de la maquinaria de la crueldad, decidió no aniquilar, ni aniquilarse, sino esforzarse por traducir a nuestro lenguaje, pues nada podemos entender de esa crueldad si no la sufrimos, el dolor no sólo de ser cosificado, sino de sentir a diario y por años las más terribles sensaciones que el cuerpo puede soportar.  Por eso, cuando Frankl habla de Sentido de la vida, le creo, pues vio frente a frente a la física de la maldad, mucho más terrible que la metafísica de la maldad, pues en la tradición occidental el demonio solamente quiere alejar a los humanos de Dios, no aniquilarlos.
Afín a los planteamientos del psicoanálisis, considero que vivimos en una condición patológica, somos seres en falta, sin embargo, la decisión de seguir viviendo se sustenta en el Sentido de la vida. Si seguir viviendo dependiera exclusivamente de la condición patológica, el suicidio sería más visitado que Facebook.
Con respecto al Sentido de vida, Frankl dice: En última instancia, el hombre no debería inquirir cuál es el sentido de la vida, sino comprender que es a él a quien se inquiere. En una palabra, a cada hombre se le pregunta por la vida y únicamente puede responder  a la vida respondiendo por su propia vida; sólo siendo responsable puede contestar a la vida. Maravilloso mensaje en una era de crisis de la responsabilidad, actualmente pocas personas asumen la responsabilidad sobre sus vidas y sus aconteceres, hay la sensación de ser producto de… la familia, la sociedad, el sistema económico, etc. Si bien, estas instancias influyen fuertemente en nuestra vida, la responsabilidad de lo que se hace o como se procesa esta influencia, es de cada quien.
Al planteamiento de Frankl, agregaría que el Sentido de la vida se encuentra no solamente en la responsabilidad por nuestra vida, sino cuando logramos hacernos responsables de alguien o algo diferente a nosotros mismos. Desde mi perspectiva quien no logra crear en su vida algo diferente a sí mismo, difícilmente se puede asumir como trascendente. Esto aplica desde la reproducción humana, uno puede tener un coito y reproducirse, pero la creación de lo humano es un más allá de eso, es cuando uno asume la responsabilidad del ser que nace, le otorga un lugar en su subjetividad, en su hogar, en su genealogía y en la comunidad humana, impregnándolo con el perfume del amor necesario para promover su óptimo desarrollo.
Es por eso que en el rito del no tiempo me propondré ser más responsable conmigo, con mi tiempo, con mis seres amados, con la comunidad a la que pertenezco y por supuesto con las personas que confían en que con mis competencias y recursos clínicos puedo colaborar en el mejoramiento de su calidad de vida, particularmente los niños y adolescentes, quienes a diario forman en mi consultorio un espacio transicional, un  espacio potencial a partir del cual pueden vivir su patología desde una posición más creativa que destructiva y hacerse responsables  para crear algo diferente a ellos mismos  y así definir un Sentido de su vida y obsequiar a su comunidad los dones emanados de sus talentos.
Para concluir, retomo otra excelsa frase de Mafalda que resume todo lo expuesto anteriormente: ¿Y si en vez de planear tanto voláramos un poco más alto?

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Sobre el arte de estar enamorado


     Hace dos mil años, Ovido escribió su Ars Amandi. Inspirado en ese poema didáctico sobre el amor, en 1956 Erich Fromm publica en inglés su multicitado pero pocas veces aplicado The art of loving,  y tres años después apareció la edición en español con el título El arte de amar. Cuarenta y cinco años después, y a pesar del maravilloso texto que matizó notablemente mi decisión de caminar por las rutas “psi”,  seguimos siendo igual de ignorantes con respecto al amor. Quizá el amor es de esos temas con respecto a los cuales habría que seguir el prudente consejo del filósofo Ludwig Wittgenstein: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”.
       A diario, frente a mis pacientes, sean niños, adolescentes o adultos; me pregunto: “¿qué es el amor?”. Cuando una respuesta comienza a dibujarse, la noticia de algún acto humano me lleva a dudar y finalmente a renunciar a mi dilucidación.  Su naturaleza evasiva puede ser la fuente de su fuerza, como afirmaba en buen Freud, quien se entrega al amor es el más vulnerable, pues la incertidumbre de los designios de eros hace del amor una condición de alto riesgo.
       Advierte, implacable, Rainer Maria Rilke en la primera de sus Elegías del Duino: “Pues lo hermoso no es otra cosa que el comienzo de lo terrible en un grado que todavía podemos soportar y si lo admiramos tanto es sólo porque, indiferente, rehúsa aniquilarnos”. Después de leer esto resulta inocente lanzarse a los brazos de la belleza y el amor sin un dejo de temor, lo harán solamente los ilusos, los tibios o los perversos.   
       Sin embargo, a pesar de las incontables referencias a las agudas aristas del amor, los humanos lo hacemos el protagonista de nuestros días, los consultorios psicoterapéuticos se impregnan incesantemente con el perfume de las historias de amor o el agrio tufillo del desamor.
      Lo cierto es que más allá del eterno inventario de los sinsabores del amor, estar enamorado es la más deliciosa de las locuras, es la sinrazón más sublime, la cual, como todo lo sublime, se puede convertir en un arte.  Hay quienes disfrutan del enamoramiento salvaje, otros viven tranquilos con el enamoramiento estratégico, es decir, racional y regulado. Los hay que viven el enamoramiento como una suerte de destino o quienes sólo se enamoran de reproducciones de sí mismos. Para mi, estar enamorado es un estado en permanente creación, por eso resulta absurdo afirmar “soy enamorado”,  decimos que “estamos enamorados” porque podemos dejar de estarlo. Para mí, estar enamorado es hacer de mi amor la fuente de un arte, del que emanen  a diario obras para obsequiarlas a mi amada, quien podrá palpar en ellas la medida de mi amor.   
      Para afinar la claridad de mis dichos, he decidido invitarles a degustar la bella letra de una canción de Pablo Milanés, la cual considero la canción más romántica escrita en castellano. Un solo obstáculo me ha limitado en otros momentos  para hacer explícito mi gusto por la pieza, su título, se llama Yolanda, lo cual seguramente les llevará a preguntarse sobre mi reserva. Mi madre se llama como la canción y mi mente psicoanalítica me arroja inmediatamente a las lecturas edípicas. Pero decidido a no restringirme por esto, prefiero dejar a su consideración la letra de esta bella canción, la cual iré comentando para ilustrar mi perspectiva del arte de estar enamorado. De cualquier manera, para no distraer a los lectores con detalles autobiográficos, citaré la versión de Guadalupe Pineda, la cual se titula Te amo y omite el nombre de Yolanda.
Esto no puede ser no mas que una canción
Quisiera fuera una declaración de amor
Romántica sin reparar en formas tales
Que ponga freno a lo que siento ahora a raudales
Te amo
Te amo
Eternamente te amo

      Lograr que toda expresión sea una declaración de amor es la más alta aspiración del enamorado, hacer del tiempo el lienzo donde se plasma una eterna poesía a la amada, dejando de lado las formas para liberar las palabras más sazonadas por el arrebato romántico. Decir incesantemente “Te amo”, sin sentir que la frase o la intención se erosionan con su enunciación. Purificarse del imperativo de lo novedoso, para disfrutar del placer de lo renovado. 
Si me faltaras no voy a morirme
Si he de morir quiero que sea contigo
Mi soledad se siente acompañada
Por eso a veces se que necesito
Tu mano
Tu mano
Eternamente tu mano
      ¡Milanés, en tus manos encomiendo mi corazón! Si me faltaras no voy a morirme, si he de morir quiero que sea contigo… Excelsa apología del amor no-masoquista, en tiempos donde impera el estilo Amar te duele, o lo que es lo mismo el No pain, no love, el poeta cubano nos muestra un horizonte de amor bajo en dependencia: no te necesito para vivir, pero quisiera estar hasta la muerte junto a ti. Otra no menos grande: Mi soledad se siente acompañada, por eso a veces se que necesito, tu mano… es la frase romántica más honesta que conozco. Somos una legión de soledades, nuestra vida es intransferible, más allá de las fantasías Ciencio-ficcionarias. Saber elegir la compañía a nuestra soledad es el mayor de los dones. Estamos rodeados de personas que no eligen sino acompañantes placebos o deciden vivir en medio de puros desechos tóxicos. Las compañías que uno se procura son evidencia de quienes somos, de ahí la sabiduría del dicho popular “dime con quien andas y te diré quien eres”. Enamorarnos implica el deseo de compartir nuestra intimidad con alguien, ¿a quien invitamos al espacio íntimo?, la respuesta da cuenta del valor que para nosotros tiene ese lugar donde necesariamente somos vulnerables. Hay quienes invitan a la violencia, quienes reciben a la locura,  conviven con el riesgo, en fin, pareciera que para intimidar requieren pagar una cuota de masoquismo. Por el contrario hay quienes sólo pretenden dar entrada a la perfección, expulsando a los invitados por cualquier nimiedad. Algunos se enamoran de personas que les permiten evadir la intimidad, son los social lovers. En fin, muchas pueden ser las variaciones, cada quien conoce su constelación de “intimidados” y hasta donde constituyen oportunidades para acompañar su soledad o son puros recursos de evasión de sí mismos, de su soledad.
           
Cuando te ví sabia que era cierto
Este temor de hallarme descubierto
Tu me desnudas con siete razones
Me abres el pecho siempre que me colmas
De amores
De amores
Eternamente de amores
       El umbral del enamoramiento, en el cual deseamos profundamente que esa otra o ese otro, descubran nuestra intención y nuestro sentir, experimentando simultáneamente el temor a no ser correspondidos, miedo que inspira todas las poses pre-relacionales. Ríos de palabras corren todos los días, conjuntando propuestas para esta etapa, en ocasiones es tan grande la fobia al rechazo, que muchas personas dejan pasar frente a sí a quien pudo ser el amor de su vida. Como dice Pablo, Este temor de sentirme descubierto, tu me desnudas con siete razones… El enamorado está expuesto, está desnudo, los intentos por ocultar dicha desnudez lo hacen lucir como el personaje del cuento El traje nuevo del Emperador de Hans Christian Andersen, quien creyendo portar un majestuoso atuendo en realidad expone su desnudez a todos. La capacidad para estar expuestos sin ser invadidos por la paranoia es una de las artes mayores del estar enamorado. Los seres humanos nacemos con mecanismos para defendernos, quienes han sufrido daños tempranos suelen intensificar sus defensas colocando grandes barreras al otro por el temor a que el dolor regrese. Quien sintió su dolor acompañado por una persona suficientemente empática, puede vincularse de una manera espontánea, no niega el dolor pero lo vive como algo pasajero.
Si alguna vez me siento derrotado
Renuncio a ver el sol cada mañana
Rezando el credo que me has enseñado
Miro tu cara y digo en la ventana:
Te amo, te amo, eternamente te amo
       Una frase de Octavio Paz que cito incansablemente es la de “Amar es combatir”, cuando uno siente que ya no tiene sentido luchar por la amada, cuando uno se siente derrotado, cuando uno deja de combatir, entonces el enamoramiento empieza a evaporarse hasta convertirse en un terreno árido. Uno puede saber cuan amado es, observando el nivel de combate de la otra persona por uno. Hay que ser precavidos en esta evaluación porque la capacidad de combate también depende de personalidades y estilos, por tanto, sólo podremos medir el nivel de combate de alguien a partir de su peculiaridad. Al mismo tiempo, hay pseudocombatientes, son los simuladores que exaltan sus proezas en el amor o las realizan solamente para socializarlas y satisfacer el apetito voyeurista de sus “seguidores”. La frase Rezando el credo que me has enseñado, es la síntesis del arte de estar enamorado. Aunque remita al poema idealista nacionalista de “¡México, creo en ti…!” de Ricardo López, considero que cuando le decimos a la persona amada “Creo en ti”, es una manifestación de profunda confianza, la cual impulsa el deseo de compartir el resto de la vida con ella: “Creo en ti, creo en nosotros, creo en lo que somos y en lo que podemos ser”. Considero que encontrar personas en las cuales creer, en las cuales confiar, es la mayor faena de la vida. Pero encontrar a la persona por cuyo amor decidamos reescribir nuestro Credo es el mayor de los logros, del cual deriva una vida de creatividad, una vida existencialmente artística.
       El arte de estar enamorado es el de la confianza, creer que con ese otro (esa otra), el amado (la amada),  crearemos conjuntamente la mejor de las vidas.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Letras etéreas: vulnerabilidad, amor y libertad




Tras una vida soñando con ese instante, de pronto me encontré lanzándome de una avioneta, cayendo libre a 200 kilómetros por hora sintiendo arrebatadoras caricias del viento y la fuerza de la tierra atrayéndome a ella, celosa de que tempranamente hubiera entregado mi amor a las nubes. Libre de todo pensamiento, con el cuerpo totalmente comprometido en la experiencia, como tendría que ser toda vivencia de verdadero placer, eternicé los segundos en ese fugaz orgasmo con la naturaleza.
El solipsismo se rompió súbitamente con una voz diciéndome: “voy a abrir”, destrozando mi fantasía de poder extender mis brazos y remontar libremente el vuelo. El paracaídas hizo su labor de resistencia, el resto fueron sólo suspiros, como esa quietud postcoital, donde se visualiza el retorno a la realidad pero se conserva el furor de los momentos previos.
Crucé la frontera del tiempo, mis fantasmas del pasado fueron arrastrados por el soplo del aire. Mirar a la tierra de frente, reírme de su gravedad, me llevó a sentir la soportable levedad del ser, en el instante de la caída supe que era otro quien bajaba.
La experiencia me develó un secreto oculto en el ruido de la era actual. En un tiempo donde todo mundo valora sus “fortalezas”, una luz cayó sobre una frase que visualicé al momento de caer: “El miedo a la vulnerabilidad es la raíz de todos los miedos y el miedo devora las alas de la libertad”.  Trabajar las fortalezas negando la vulnerabilidad es como hacer ejercicio tomando esteroides anabólicos, se crea una fuerza ficticia, aparente. De ahí que estemos rodeados de gente con “talento muscular”, de “personalidades hiperanabolizadas”, espíritus secos intoxicados de sí mismos.  
Hace unos días vi la magistral obra cinematográfica de Terrence Malick, El árbol de la vida, la cual hace uno de los planteamientos más profundos a nuestra condición humana: Frente a la conciencia de nuestra vulnerabilidad ¿dónde buscamos respuestas: en la naturaleza o en la divinidad, en el devenir o en la gracia? En lo personal, me oriento por natura, creo que el único sentido de nuestra existencia es el que nosotros mismos le podemos dar a partir de nuestra maravillosa y terrorífica herencia filogenética que nos permite tener conciencia de nosotros mismos. Sin embargo, respeto profundamente a quienes como el Job bíblico, de cuya historia parte la película, abren sus brazos a la felicidad y dolor dictaminados desde esferas celestiales. Finalmente a creyentes, ateos y agnósticos, se nos contagia por igual el miedo a la vulnerabilidad y nuestras creencias o teorías tan sólo son intentos por disminuir nuestra angustia.
En los últimos años fui lanzado de un lado a otro por mis múltiples vulnerabilidades, pero resistí el impulso casi inercial a mirar al cielo y deseché el ideal occidental del “solitario”, la vida estilo “Palacio”, dejé de buscar el futuro en el espejo y me encontré , o más bien me reencontré, con los otros y en los otros. Sobreviviente de la hoguera de las vanidades, quedé hastiado del derroche narcisista de los “empoderados”, los “pro-activos” y los “creativos”; todos ellos ostentadores de una aburrida “in-vulnerabilidad”.
Dice Octavio Paz: “El hombre es un ser precario, complejo, doble o triple, habitado por fantasmas, espoleado por los apetitos, roído por el deseo: espectáculo prodigioso y lamentable. Cada hombre es un ser singular y cada hombre se parece a todos los otros. Cada hombre es único y cada hombre es muchos hombres que él no conoce: el yo plural. Cervantes sonríe: aprender a ser libre es aprender a sonreír”.
Al pisar tierra, tras largos minutos flotando en las entrañas de la atmósfera, fue deslumbrante la claridad: “aceptar mi vulnerabilidad me hará libre”. Hoy me asumo vulnerable, de ahí que recibo los embates como manifestaciones del sentimiento de vulnerabilidad de los demás, de su miedo a ser libres.